Una lluvia de estrellas fugaces de colores metálicos, producto de la desintegración de las 22 toneladas de acero y aluminio de la estación, cayeron en Chubut como en otras provincias argentinas.
Apenas iniciado el siete de febrero de 1991 cuando el cielo del Golfo Nuevo se encendió como si el sol hubiera decidido salir antes de tiempo. No eran fuegos artificiales ni un meteorito común: eran los restos de la estación espacial soviética Salyut 7, que tras nueve años en órbita y un historial de fallas críticas, realizaba su entrada triunfal y destructiva en la atmósfera terrestre.
Un espectáculo de ciencia ficción

Los vecinos de Puerto Madryn y otras localidades de la Patagonia fueron testigos privilegiados. Lo que comenzó como un punto brillante se transformó rápidamente en una lluvia de estrellas fugaces de colores metálicos, producto de la desintegración de las 22 toneladas de acero y aluminio de la estación. De acuerdo con Canal 12 Web.
«Fue una bola de fuego que dejaba una estela persistente», relataron testigos locales en una noche que quedó grabada en las páginas de los diarios de todo el mundo. Aunque gran parte del laboratorio espacial se consumió por la fricción, varios fragmentos sobrevivieron al reingreso.
Del espacio al patio de casa
Si bien Puerto Madryn fue uno de los puntos clave de observación, los restos de la Salyut 7 no discriminaron geografía. Mientras que en Chubut se reportaron incendios menores y avistamientos asombrosos, el trozo más grande —una pieza de aproximadamente 4 metros— terminó aterrizando en el patio de una vivienda en Capitán Bermúdez, Santa Fe.
La caída generó una mezcla de pánico y fascinación. En aquel momento, la Guerra Fría languidecía y la posibilidad de que tecnología secreta soviética cayera en manos occidentales era una preocupación real para Moscú. Sin embargo, en Argentina, el tono fue más de curiosidad científica (y algunas bromas) que de alarma diplomática.
El fin de una era
La Salyut 7 fue la última de su tipo antes de la llegada de la famosa estación Mir. Su caída en Argentina marcó el fin físico de una de las misiones más ambiciosas de la URSS, dejando fragmentos que hoy son piezas de museo, como los conservados en el Museo de Astronomía de Entre Ríos.
Hoy, a más de tres décadas de aquel evento, los madrynenses que miran al mar en las madrugadas de febrero no pueden evitar recordar la noche en que la Unión Soviética, literalmente, les cayó del cielo.




