Este domingo 18 de octubre, la Argentina se viste de fiesta para celebrar el Día de la Madre, uno de los acontecimientos más emotivos y movilizadores del año.
Mientras que en la gran mayoría de los países del mundo este homenaje se lleva a cabo durante el mes de mayo, la Argentina mantiene una costumbre única y singular. Este marcado contraste con el calendario internacional no es fruto de la casualidad, sino el resultado de un fascinante entramado que combina movimientos sociales, tradiciones religiosas y transformaciones históricas a lo largo del tiempo.
De las batallas en EE. UU. a las flores en Buenos Aires: el origen del homenaje
La génesis moderna de esta festividad se remonta a 1905 en Estados Unidos con la figura de Anna Jarvis. Tras la muerte de su madre, Ann Reeves Jarvis —quien destacó por su incansable labor sanitaria para las familias de Virginia Occidental y por impulsar la reconciliación tras la Guerra Civil—, Anna promovió una jornada dedicada a la maternidad. La primera celebración formal ocurrió el 10 de mayo de 1908 repartiendo claveles blancos, la flor predilecta de su madre. La propuesta cobró tanta fuerza que en 1914 el presidente Woodrow Wilson proclamó oficialmente el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre. Curiosamente, años más tarde, la propia Jarvis rechazó categóricamente la desmedida mercantilización de la fecha.

En suelo argentino, la tradición echó raíces en las primeras décadas del siglo XX. Antes de 1917, la Asociación Cristiana de Jóvenes organizaba actos con discursos, música y tarjetas, mientras que en mayo de 1918 el Ejército de Salvación multiplicó estos encuentros en Buenos Aires. En aquel entonces, se adoptó la emotiva costumbre de regalar flores: blancas para honrar a las madres fallecidas y encarnadas para las que aún estaban con vida. Durante esa época, los festejos no tenían una fecha fija e incluso algunas instituciones realizaban sus homenajes en Navidad.
La festividad eclesiástica de 1931 que cambió el calendario argentino
El motivo por el cual la fecha se trasladó definitivamente a octubre responde a un hito eclesiástico. En 1931, al conmemorarse 1.500 años del histórico Concilio de Éfeso (celebrado en el año 431 d. C., donde se proclamó a María como Madre de Dios), el papa Pío XI extendió la festividad de la Maternidad Divina de la Virgen María a toda la Iglesia católica. Mediante un decreto pontificio en enero de 1932, la conmemoración litúrgica quedó radicada cada 11 de octubre.
A partir de allí, la sociedad argentina tomó esa efeméride religiosa como punto de referencia para homenajear a todas las madres, acomodando el festejo al domingo más cercano a esa jornada eclesiástica. Esa costumbre se volvió costumbre nacional y perdura hasta la actualidad, convirtiendo este domingo en la excusa perfecta para que miles de familias se reúnan a compartir un almuerzo, intercambiar presentes y homenajear el valioso rol materno en los hogares del país.
