Rumbo macroeconómico bajo la lupa: Orlando Ferreres proyecta una inflación anual del 30,5% y un crecimiento del 3%.
La economía argentina transita un profundo proceso de reconfiguración estructural que combina señales de estabilización monetaria con marcados desafíos en la economía real. El reconocido economista Orlando Ferreres analizó las principales variables macroeconómicas del país y estimó que el Producto Interno Bruto (PIB) registrará una expansión cercana al 3% durante el transcurso de este año, acompañada por una inflación anual que se ubicará en torno al 30,5%.
A pesar de la desaceleración de los precios, el especialista advirtió que la mejora en los indicadores financieros todavía no se percibe de manera homogénea en los ingresos cotidianos de la mayor parte de la población.
Desaceleración en junio y la mirada puesta en la confianza a largo plazo
Con respecto al comportamiento de los precios en el corto plazo, Ferreres anticipó que la inflación correspondiente al mes de junio se posicionará entre el 1,8% y el 2%, consolidando la tendencia a la baja fijada por el programa de estabilización oficial. No obstante, remarcó que el principal escollo para transformar estaPax cambiaria en una reactivación sostenible es la ausencia de un clima de inversión genuino.
Según el analista, los grandes aportantes de capital buscan previsibilidad y garantías jurídicas que trasciendan las elecciones legislativas de 2027. Esta falta de confianza de largo plazo es la razón por la cual herramientas como el «perdón fiscal» (blanqueo) no alcanzaron las metas de recaudación y exteriorización proyectadas inicialmente por el Palacio de Hacienda.
Espejos internacionales, asfixia impositiva y el freno a la infraestructura
Ferreres señaló que el plan económico del presidente Javier Milei busca replicar reformas estructurales implementadas en el exterior, haciendo foco en dos modelos específicos:
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El modelo australiano: Evocado por la quita drástica de subsidios estatales a industrias poco competitivas a principios de los 2000, un proceso que inicialmente provocó el cierre de empresas antes de estabilizar su matriz productiva.
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El modelo peruano: Caracterizado por una rigurosa independencia del Banco Central y una sólida estabilidad de la moneda.
Sin embargo, el economista diferenció la realidad local de esos paradigmas debido a la persistencia de una elevada presión fiscal. Aseguró que tributos distorsivos como el impuesto al cheque, los derechos de exportación (retenciones) e Ingresos Brutos continúan asfixiando la competitividad corporativa, por lo que sugirió su urgente eliminación.
Por otra parte, calificó la parálisis de la obra pública nacional como una decisión de corte netamente ideológico antes que financiero. Reveló haberle propuesto de manera personal al ministro de Economía, Luis Caputo, la utilización de activos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) para financiar obras viales y energéticas esenciales, iniciativa que fue descartada por el Gobierno.
El contraste de Vaca Muerta y el panorama hacia 2027
Para ejemplificar el impacto de la falta de inversión estatal en infraestructura, Ferreres graficó la paradoja que atraviesa la región de Vaca Muerta. Detalló que, si bien la actividad hidrocarburífera privada avanza a paso firme con la apertura de nuevas licitaciones y genera empleo pleno, las comunidades locales sufren una baja calidad de vida debido a la severa carencia de rutas, escuelas, hospitales y servicios públicos esenciales.
Hacia el futuro, el analista proyectó que si el oficialismo logra sostener el orden monetario, la inflación podría descender a niveles cercanos al 18% para el año 2027. En términos políticos, evaluó que la estabilidad del dólar, el superávit fiscal y una recuperación paulatina del salario real posicionan con fuerza al Gobierno de cara a los próximos turnos electorales, beneficiado además por la falta de un liderazgo opositor que articule una propuesta económica alternativa.
Finalmente, Ferreres concluyó que el crecimiento actual se desarrolla de forma muy heterogénea, conviviendo sectores de alta productividad con un incremento de la informalidad laboral y una precarización del empleo en los rubros que quedaron rezagados por el cambio de esquema económico.
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