La crisis en el consumo interno alcanzó niveles críticos y golpea de lleno el corazón de la mesa de los argentinos.
Las carnicerías tradicionales atraviesan uno de los momentos más duros de las últimas décadas, enfrentando una caída estrepitosa del 40% en las ventas interanuales. Sin margen para trasladar la suba de sus costos estructurales —como alquileres y servicios— a los mostradores, los comerciantes optaron por una estrategia límite: congelar los precios e intentar absorber los incrementos para evitar el cierre definitivo de sus negocios.
La caída de ventas, el ahogo comercial y el relevamiento en el AMBA
En carnicerías del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), quedó expuesta la dramática situación que padece el sector. Antonio Lozano, trabajador de la carne con más de 20 años de trayectoria, graficó el malestar cotidiano al señalar que los clientes compran apenas la tercera parte de lo que se llevaban el año pasado. En la misma línea, Emmanuel Lapetina, dueño de un frigorífico y locales en el Mercado Central, advirtió que el desplome en los kilos vendidos profundiza la asfixia financiera ante un bolsillo social totalmente deprimido.
Frente a esta coyuntura, la premisa de los comerciantes ya no es buscar rentabilidad, sino garantizar la mera subsistencia. Organizar un tradicional asado para cuatro personas hoy representa un desembolso estimado en unos $85.000, contemplando un kilo y medio de vacío ($34.500), tira de asado ($22.500), matambrito de cerdo ($12.000), achuras, embutidos, carbón y pan, números que vuelven prohibitiva a la carne vacuna para gran parte de la población.
El sorpresivo hito: el pollo desplaza a la carne vacuna
Este ahogo comercial vino acompañado de un fenómeno cultural e histórico sin precedentes en la Argentina: por primera vez, el pollo desplazó a la carne de vaca como la principal proteína elegida por los consumidores. Empujada por una brecha económica contundente, donde un kilo de carne vacuna equivale a más de tres kilos de pollo entero, la demanda avícola escaló hasta rozar los 50 kilos por habitante anual.
Obligadas a reconvertirse para sobrevivir al desplome del mercado vacuno, las carnicerías debieron ampliar sus góndolas y priorizar la oferta de pollo y derivados porcinos ante el temor de que los cortes rojos se echen a perder en las cámaras frigoríficas. Mientras los carniceros históricos resisten a la espera de un alivio, la mesa argentina continúa transformando su matriz nutricional en busca de alternativas más accesibles.
