Introducido en 1906 en La Pampa por Pedro Luro para la caza deportiva, el animal se escapó en 1914. Hoy supera los 6,7 millones de ejemplares, destruye cultivos, erosiona el suelo y amenaza la biodiversidad en Parques Nacionales de la Patagonia y la región pampeana.

Lo que comenzó a principios del siglo XX como una iniciativa privada para recrear en el monte pampeano las exclusivas jornadas de caza de la aristocracia europea se transformó, más de un siglo después, en uno de los mayores desafíos ambientales y productivos de la Argentina. Introducido en 1906, el jabalí europeo (Sus scrofa) logró propagarse sin control hasta ocupar aproximadamente el 30% del territorio nacional, con una población estimada en 6,7 millones de ejemplares.
La historia se remonta al proyecto del empresario y estanciero Pedro Luro, quien trajo al país los primeros especímenes —dos machos y cinco hembras trasladados desde Francia, de los cuales sobrevivieron un macho y las hembras— para alojarlos en la estancia San Huberto, predio vinculado al actual Parque Luro, cerca de Santa Rosa. El objetivo era establecer un coto de caza mayor cerrado que replicara las costumbres europeas.

La fuga de 1914: el punto de quiebre en el monte pampeano
El destino del ecosistema local cambió drásticamente en 1914. Mientras Europa se adentraba en la Primera Guerra Mundial, una rotura en el cerco del coto permitió la fuga masiva de los animales hacia el monte nativo. A partir de ese momento, la especie encontró condiciones idóneas para reproducirse sin predadores naturales.
Gracias a su dieta omnívora (que incluye raíces, frutos, semillas, invertebrados, reptiles, pequeños mamíferos y carroña) y a su altísima adaptabilidad climática, la plaga se extendió rápidamente desde La Pampa hacia San Luis, Córdoba, Santa Fe y Río Negro. En paralelo, una segunda introducción en las inmediaciones del lago Nahuel Huapi aceleró su dispersión por la Patagonia.
El «hozado» y la transformación devastadora del suelo
El impacto ecológico del jabalí radica principalmente en su hábito de alimentación. Para desenterrar alimento, el animal utiliza su hocico rígido para remover de manera agresiva grandes capas de tierra, un comportamiento conocido técnicamente como hozado.
Esta conducta altera la cobertura vegetal, acelera la erosión del suelo, destruye el sistema radicular de las especies nativas y frena la regeneración del bosque. En la región andino-patagónica, los jabalíes buscan piñones de araucaria, hongos y raíces, modificando procesos ecológicos centenarios en parques nacionales de alta prioridad de conservación como Lanín, Nahuel Huapi y El Palmar.
A nivel económico, las piaras causan cuantiosos daños en la producción agropecuaria al arrasar sembradíos, destruir pasturas e ingresar en establecimientos ganaderos, representando además un riesgo sanitario por la transmisión de enfermedades como la triquinosis y la fiebre porcina.
Una amenaza legalmente reconocida desde hace más de 70 años
La gravedad de la invasión biológica no es una preocupación nueva para el Estado argentino. Ya en 1953, una ley nacional declaró oficialmente al jabalí como especie perjudicial para las actividades agrícolas y ganaderas. Sin embargo, para cuando se dictó la norma, la especie ya había consolidado su presencia en varias provincias.
Al igual que ocurrió con la introducción de castores en Tierra del Fuego en 1946, la llegada del jabalí en 1906 respondió a una época donde el traslado intercontinental de especies exóticas era visto como símbolo de progreso, sin contemplar el impacto de las invasiones biológicas.
Hoy, a más de 120 años de su llegada y a más de un siglo de la histórica fuga de 1914, la contención del jabalí requiere articular esfuerzos urgentes entre Parques Nacionales, el Ministerio de Economía, los gobiernos provinciales, municipios y productores agropecuarios para frenar un avance que ya transformó el paisaje argentino.
