En lo que representa el vuelco político más impactante de la historia democrática reciente de América Latina, se terminó el misterio que mantuvo en vilo a todo un continente.
Tras quince años de frustraciones consecutivas, campañas marcadas por el odio y acusaciones de todo calibre, la líder de la derecha continental logró quebrar el maleficio que pesaba sobre su apellido. El veredicto final desató festejos eufóricos en las calles y sumió en el desconcierto absoluto a las fuerzas de izquierda de la región, que daban por sentada una nueva derrota de la dinastía más polémica del Perú.
El recuento oficial de las urnas confirmó un escenario de extrema polarización que obligará a una profunda reconstrucción institucional. El órgano electoral cerró un escrutinio agónico de más de tres semanas desde el balotaje del pasado 7 de junio, confirmándose finalmente las razones de fondo de por qué 3 claves que explican por qué Keiko Fujimori ganó en Perú esta vez después de tres derrotas previas lograron torcer el rumbo de un país exhausto.
Un recuento de actas histórico y el colapso del antifujimorismo
La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) completó al 100% el recuento oficial, arrojando que la candidata de Fuerza Popular se impuso con el 50,135% de los votos válidos (9.223.396 sufragios) frente al 49,865% (9.173.755 votos) del postulante de izquierda Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. La diferencia letal de apenas 49.641 votos se posiciona como uno de los márgenes más estrechos en las últimas décadas de la nación andina. A los 51 años, la hija del expresidente Alberto Fujimori accederá finalmente al sillón de Pizarro el próximo 28 de julio, superando la barrera del histórico «antifujimorismo» que la había derrotado en los balotajes de 2011, 2016 (ante Pedro Pablo Kuczynski) y 2021 (ante Pedro Castillo).
De acuerdo con las declaraciones del politólogo José Incio brindadas al citado medio internacional, esta coalición variopinta de rechazo se debilitó de forma leve pero decisiva tras la muerte de Alberto Fujimori en 2024 y, fundamentalmente, por el estrepitoso fracaso del gobierno del destituido Pedro Castillo, quien terminó en prisión con una condena de 11 años por rebelión tras intentar un autogolpe en 2022. El hecho de que el derrotado Roberto Sánchez hubiera sido ministro de Castillo y se presentara como su heredero político directo provocó que la ciudadanía prefiriera respaldar a Keiko, quien reivindicó el legado económico de su padre pero bajo la firme promesa de evitar los hechos de corrupción y violaciones a los derechos humanos que signaron los años noventa.
Hartazgo social por la inestabilidad y el fenómeno de la mano dura
La segunda gran causa de este giro a la derecha radica en el brutal cansancio de la población frente a una crisis que llevó a Perú a tener ocho presidentes en solo una década. El psicólogo social Ricardo Cuenca explicó a los investigadores que el país padece un severo desgaste sistémico desde la caída de Kuczynski en 2018, gatillada por el uso recurrente de la figura de «incapacidad moral» en un Congreso con poderes hipertrofiados que ponía en riesgo el equilibrio macroeconómico. Ante la amenaza de una parálisis permanente, Fujimori se instaló con éxito en el electorado como el «mal menor» bajo la consigna «vuelve el orden», garantizando una tregua institucional al contar con un piso de respaldo legislativo que neutralizará cualquier intento de destitución temprana.
Finalmente, el eje que terminó por inclinar la balanza a su favor fue una agresiva plataforma de seguridad basada en la «mano dura» contra el crimen organizado, en un contexto civil alarmante donde la tasa de homicidios trepó a los 10,7 cada 100.000 habitantes debido al auge de las extorsiones. Con promesas explícitas de involucrar formalmente a los militares en patrullajes urbanos, instaurar «jueces sin rostro» para procesar delincuentes, construir megacárceles al estilo de Nayib Bukele en El Salvador, obligar a los reclusos a trabajar para ganarse el sustento y expulsar de forma exprés a los inmigrantes ilegales que delincan, Keiko apeló con maestría a la memoria colectiva del combate contra las insurgencias armadas, consolidando una base electoral imbatible que la coronó como la flamante presidenta de los peruanos.
