Una de las páginas más desgarradoras y, a la vez, hermosas de la posguerra argentina recobra una vigencia impactante en la Patagonia.
En un crudo y gélido amanecer, una pequeña localidad costera se plantó con valentía frente al destino para reescribir la historia oficial con un acto de puro amor y rebeldía humanitaria. Mientras los altos mandos militares pergeñaban un operativo secreto para esconder las heridas de la derrota del Atlántico Sur, el instinto solidario de una comunidad entera desbarató la censura armada, transformando el dolor de miles de jóvenes combatientes en un recibimiento eterno que hoy es bandera de soberanía nacional.
El sigilo de los camiones militares no pudo contener el estallido de un pueblo profundamente sensibilizado. De este modo, se revivieron los pormenores de el día que Madryn se quedó sin pan: la historia que convirtió a una ciudad en símbolo de solidaridad a nivel internacional. La mañana del 19 de junio de 1982, a solo cuatro días de la rendición en las islas, el majestuoso buque británico HMS Canberra amarró en el muelle Almirante Storni con un contingente de más de 4.172 soldados argentinos que regresaban en condición de prisioneros de guerra.
Camiones blindados, lonas verdes y el llanto que vació las alacenas
Los británicos habían coordinado el retorno de las tropas concentrando el 80 por ciento de los combatientes en el puerto madrynense. El plan de la dictadura era evacuar a los jóvenes de forma oculta en camiones con las lonas bajas para marchar en un silencio absoluto hacia los galpones de reubicación. Sin embargo, al detectar el inusual e imponente despliegue militar en las calles céntricas, los vecinos abandonaron sus puestos de trabajo y sus hogares para agolparse en las avenidas. Al ver los rostros desnutridos, angustiados y heridos de los soldados que asomaban tímidamente por los camiones, la multitud interrumpió el paso de la caravana.
La reacción civil ante el hambre extremo de las tropas desató una marea humana incontrolable. Madres, abuelos, niños y profesionales corrieron a la par de los transportes para estallar en aplausos y agradecimientos. En un instante de desesperación por darles un mimo de bienvenida, los vecinos saquearon pacíficamente sus propias cocinas y las panaderías de la zona. En pocas horas, la pequeña urbanización de 20.000 habitantes se quedó literalmente sin pan, facturas ni tortas fritas; los panaderos locales agotaron por completo el stock de mercadería y las bolsas de harina, dejando a la ciudad desabastecida pero con el corazón lleno.
Desobediencia patriótica: duchas calientes y cascos trocados por abrazos
El desborde de gratitud popular sepultó de forma definitiva los estrictos protocolos de las fuerzas de seguridad. Los soldados, conmovidos hasta las lágrimas, correspondían el afecto arrojando desde las cajas de los vehículos sus cascos militares y chapitas identificatorias, reliquias históricas que hoy se custodian celosamente en el Museo del Centro de Veteranos de Puerto Madryn. Decenas de madres madrynenses se abocaron a anotar números telefónicos de distintas provincias para llamar a las familias de los conscriptos y avisarles que sus hijos estaban vivos, mientras otros vecinos directamente abrieron las puertas de sus casas para ofrecerles comida potente, duchas calientes y un refugio seguro para sanar el horror vivido.
Muchos conscriptos jamás llegaron a los galpones de detención militar; se quedaron refugiados en las viviendas de los vecinos hasta emprender el viaje final hacia Buenos Aires, Campo de Mayo y sus provincias de origen. La dictadura tomó nota de esta descomunal rebelión civil y, para los contingentes que arribaron los días posteriores, modificó las rutas de traslado por caminos alternativos y desolados para que pasaran completamente desapercibidos. No obstante, el hito ya era indestructible: en 2016, mediante la Ordenanza Municipal N° 9449, se institucionalizó el 19 de junio como el “Día en que Puerto Madryn se quedó sin pan: por la solidaridad y gratitud de los vecinos”, un homenaje eterno al pueblo que se convirtió en el abrazo de toda la nación.
