El corazón de la Ciudad de Buenos Aires volvió a vibrar con una de las pasiones más profundas y ancestrales del campo argentino.
Tras cuatro agónicos años de una ausencia forzada por el fantasma de la gripe aviar, el pabellón más ruidoso y colorido de la ganadería nacional concretó su esperada contraofensiva en la 138° Exposición Rural de Palermo. Más allá de la imponente presencia de toros y caballos, una comunidad de criadores de elite regresó para demostrar por qué la avicultura pura no es un simple pasatiempo, sino una actividad estratégica con remates que tocan cifras astronómicas.
Secretos genéticos y el regreso de la alegría a la muestra palermitana
La muestra cuenta este año con la participación de alrededor de 180 ejemplares —una cifra que se ubica por debajo de las 800 registradas en 2022—, en su enorme mayoría compuesta por gallos y gallinas de una decena de razas diferentes. La vuelta de estos animales le devolvió la vida y el folclore tradicional al evento mediante sus cánticos y una impactante variedad de plumajes blancos, grises, negros y con ribetes.
En la cúspide de esta organización se encuentra Oscar Francisco Figoni, titular de la prestigiosa cabaña La Soñada (Navarro) y comisario del pabellón de aves y conejos, quien celebra su 52° participación en la muestra. Figoni comanda a un verdadero «clan» compuesto por entre 1500 y 2000 criadores a nivel nacional que trabajan minuciosamente con unas 100 razas y sus variedades. Este grupo selecto opera bajo una premisa casi mística: la búsqueda del animal perfecto. Mediante cruzamientos estratégicos entre cabañas y rigurosos manejos genéticos, se persigue la utopía de engendrar al próximo gran campeón, piezas de elite cuyos valores en los remates pueden alcanzar los 400.000 pesos por ejemplar.
La base del plato argentino: De la pureza al pollo de 48 días
El exhaustivo trabajo de estos productores con las razas puras es el pilar invisible sobre el cual se sostiene la masiva industria alimentaria del país. Gracias al mantenimiento estricto de la pureza racial, la producción avícola argentina experimentó una explosión productiva sin precedentes en las últimas décadas. Hoy en día, el consumidor final accede a un pollo doble pechuga proveniente de un animal comercial que requirió apenas 48 días para alcanzar el peso de faena necesario, un milagro biológico que se perdería por completo si no se preservara el reservorio genético de las cabañas tradicionales.
Las especializaciones de las aves emulan la complejidad de la ganadería bovina u ovina. Los criadores dividen el mapa aviar según su propósito productivo:
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Producción de carne: Razas europeas tradicionales como la Sussex, Orpington o Dorking.
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Doble propósito (carne y huevos): Variedades americanas de alta eficiencia como la Plymouth Rock o Rhode Island.
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Exclusivas de postura: Razas Mediterráneas orientadas al mercado de huevos.
A nivel local, la ciencia argentina dejó su huella imborrable. El país logró desarrollar sus propias razas autóctonas especializadas en postura: la filibar y la filidor. Ambas fueron creadas por el ingeniero agrónomo José María Filipetti en los laboratorios de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, marcando un hito en la soberanía tecnológica del sector.
El veredicto de los campeones y una historia ligada al origen de la Rural
La jura en Palermo es un proceso de precisión quirúrgica donde el veredicto de los expertos evalúa al espécimen en la mano, de forma idéntica a los vacunos. Los jueces examinan minuciosamente el tipo general, la estructura ósea, la forma de la raza, el color exacto del centro de la pluma, los ojos, la disposición de las alas, las patas y hasta la conformación de los dedos antes de otorgar las escarapelas de campeones.
Aunque la atención mediática contemporánea suele concentrarse en los grandes mamíferos por sus valores millonarios, la avicultura reclama legítimamente su lugar como fundadora de la Sociedad Rural Argentina. Históricamente, en la primera exposición de la entidad realizada en la intersección de Florida y Paraguay —en la residencia de Leonardo Pereyra Iraola—, la presencia de aves de granja superaba ampliamente a la de toros y caballos. Aquellos pioneros del siglo XIX, entre los que se destacaba el primer presidente de la institución, José Alfredo Martínez de Hoz, importaban estos valiosos ejemplares en sus recurrentes viajes a Europa para dar el puntapié inicial a la potencia ganadera que es hoy el país.
