El 2 de mayo de 1982 no fue un día más en la Argentina. Ese domingo, a las 16:01, el casco del crucero ARA General Belgrano empezó a desgarrarse en las gélidas aguas del Atlántico Sur.
Dos torpedos disparados desde el submarino nuclear británico HMS Conqueror —fuera de la zona de exclusión— apagaron 323 vidas en cuestión de minutos y le asestaron al país la herida más profunda, silenciosa y polémica de toda la Guerra de Malvinas. Cuarenta y cuatro años después, la tragedia sigue tan viva como el debate sobre si aquel ataque fue un acto de guerra legítimo o un crimen que aún espera justicia.
Los testimonios de los sobrevivientes mantienen intacta la crudeza de aquella jornada infernal donde el enemigo no fue solo el submarino, sino también el propio océano.
Un gigante herido y 1.093 almas libradas a la tormenta
El Belgrano no era un buque cualquiera. Construido en Estados Unidos, sobrevivió al ataque japonés a Pearl Harbor en 1941 y navegó décadas antes de enarbolar la bandera argentina. Sus 185 metros de eslora albergaban a 1.093 tripulantes cuando el impacto de los torpedos lo partió en dos y lo mandó al fondo del mar en apenas una hora.
Lo que vino después fue una odisea de supervivencia que ningún parte de guerra puede describir con justicia. Los marinos que lograron abandonar el buque quedaron a la deriva en balsas precarias, a merced de vientos helados y una tormenta feroz que convirtió el rescate en una carrera contra la muerte. Muchos de ellos permanecieron entre 24 y 40 horas flotando sin certeza de auxilio, compartiendo las embarcaciones con compañeros muertos, rezongando al frío y al miedo.
Casi la mitad de las bajas argentinas en un solo buque
El número es tan brutal como elocuente: los 323 tripulantes fallecidos en el Belgrano representaron prácticamente la mitad de todas las bajas argentinas de la guerra. El crucero se convirtió así en un cementerio marino y en el símbolo más doloroso del costo humano del conflicto. Cada 2 de mayo, los puertos argentinos se llenan de flores, discursos y lágrimas contenidas de familias que aún esperan que la historia condene lo que consideran una ejecución a sangre fría.
¿Acto de guerra o crimen de lesa humanidad?
A más de cuatro décadas, el episodio sigue partiendo aguas entre Londres y Buenos Aires. La decisión de Margaret Thatcher —quien autorizó personalmente el ataque— fue defendida por el Reino Unido como una acción legítima en el marco del conflicto bélico. Sin embargo, la posición argentina jamás se movió de su eje central: el Belgrano navegaba fuera de la zona de exclusión establecida por los propios británicos y se dirigía al continente, no hacia las islas.
Con el correr de los años, juristas, historiadores y excombatientes han mantenido divididas las opiniones sobre si aquel torpedo constituyó un crimen de guerra. El análisis jurídico internacional sigue siendo un campo minado, pero para los familiares de las víctimas y para los sobrevivientes que vieron morir a sus camaradas en balsas a la deriva, no hay grises posibles.
A 44 años del ataque más letal del conflicto del Atlántico Sur, el Belgrano no solo descansa a 4.200 metros de profundidad: sigue emergiendo, puntual e incómodo, cada vez que alguien pregunta qué pasó realmente aquel 2 de mayo de 1982.
