El asado, histórico estandarte de la identidad gastronómica argentina y centro de las reuniones familiares de los domingos, atraviesa su crisis más profunda y prolongada de los últimos tiempos.
En medio de una transformación radical de las pautas de alimentación de los ciudadanos, el desplome de la demanda interna en los mostradores encendió las alarmas de toda la cadena ganadera. Aunque diversos sectores atribuyen este fenómeno de forma inmediata a los vaivenes políticos, los máximos referentes de la industria frigorífica salieron a cruzar las especulaciones con un crudo diagnóstico técnico que combina catástrofes de la naturaleza con un severo deterioro del poder adquisitivo.
La alarmante radiografía sectorial expone que el emblemático corte bovino se convirtió en un objeto de lujo inaccesible para millones de hogares. De esta manera, se confirmó que la gente come menos carne porque no le sobra la plata y deba refugiarse en opciones más económicas. La baja del consumo interno tiene una raíz estructural compleja. Al respecto, Miguel Schiariti, presidente de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), sentenció que el problema actual está ligado a tres años climáticos adversos consecutivos que pulverizaron la capacidad productiva del rodeo nacional.
Sequía, inundaciones y la brutal pérdida de 350.000 terneros
El análisis pormenorizado de CICCRA echa por tierra las explicaciones simplistas y pone el foco en el desastre climático que azotó a los campos locales. Las sequías extremas seguidas por inundaciones históricas destruyeron el stock ganadero: durante 2024 y 2025 millones de hectáreas productivas quedaron completamente bajo el agua, arruinando las pasturas y afectando severamente la capacidad reproductiva del ganado bovino. “Si vos no tenés terneros después, no tenés carne y no tenés reproductores”, resumió Schiariti de forma contundente al explicar el quiebre de la oferta de animales disponibles.
La falta de nacimientos muestra cifras dramáticas en este 2026. Las estadísticas oficiales revelan que este año se registraron 350.000 terneros menos en comparación con los indicadores obtenidos en el año 2023. Esta drástica escasez en las pasturas primarias impacta de forma directa sobre el abastecimiento futuro del circuito comercial de las carnicerías. Al haber menos stock, la brecha de precios frente a otras proteínas animales se ensanchó a niveles históricos, forzando una mutación obligada en el menú diario de los trabajadores, quienes toman decisiones guiados por la urgencia del bolsillo.
El avance imparable del pollo y el cerdo frente al derrumbe vacuno
La disparidad de costos en las góndolas consolidó el avance de proteínas alternativas que antes eran complementarias. De acuerdo con el titular de CICCRA, los notables avances en genética porcina y aviar permitieron aumentar exponencialmente la competitividad y los volúmenes de producción de ambos sectores, generando ofertas masivas y sumamente accesibles en el mercado de cercanía. “Con el valor de un kilo de carne vacuna, podés comprar cuatro kilos de pollo o tres kilos de cerdo”, graficó el especialista para ilustrar el fenómeno de sustitución.
En contraposición al desplome del mercado doméstico, el frente externo exhibe un dinamismo comercial robusto y sumamente atractivo para los productores locales. Schiariti destacó que las exportaciones se mantienen firmes y con muy buenos precios internacionales debido a que Estados Unidos padece una sequía feroz que paralizó su producción interna, obligándolo a importar masivamente materia prima argentina para abastecer a sus industrias. Para el mercado minorista local, el dirigente estimó que los precios internos ingresaron en una meseta de estabilidad y no deberían registrar saltos bruscos en el corto plazo, concluyendo que el negocio de la carne se regula bajo un «mercado perfecto» con miles de compradores y vendedores compitiendo libremente.
