De Buenos Aires al frente del fuego: la red solidaria en Epuyén.
La crisis ambiental que azota a la Patagonia argentina no solo ha movilizado a las fuerzas oficiales, sino que ha despertado una ola de voluntariado civil que se juega la vida en la primera línea. Juan “Jota” Bello es el rostro de esta entrega. Al ver las noticias sobre el avance de las llamas en Epuyén, no dudó en dejar su hogar en Buenos Aires, cargar su vehículo con insumos críticos y sumar a otros brigadistas en el camino para enfrentar jornadas de más de 14 horas diarias contra el fuego.
El duro trabajo en la zona de transición
Jota y su equipo operan en lo que denominan «zona de transición», un sector crítico ubicado entre el bosque verde y los frentes activos. Su labor es agotadora y técnica: deben identificar «fumarolas» o focos subterráneos que, debido a las altas temperaturas de la tierra, pueden reactivarse y alcanzar las copas de los árboles en cuestión de minutos. Según TN, el peligro es constante; incluso relatan accidentes donde el agua utilizada para enfriar el suelo llega a hervir instantáneamente, causando quemaduras graves a los combatientes.
Una rutina de guardias de ceniza y vigilancia nocturna
La vida en el campamento se reduce a lo esencial: un mate al alba y salir al campo. El equipo de voluntarios recorre un área de 80 kilómetros realizando la «guardia de cenizas», una tarea de rastrillaje minucioso para detectar pequeñas columnas de humo. La tensión es tal que, en varias ocasiones, han debido dormir al aire libre junto a los tanques australianos y motobombas listas para actuar, con el fuego acechando desde dos frentes simultáneos.
La comunidad organizada ante la catástrofe
En Epuyén, donde se estima que las llamas ya han consumido entre 20.000 y 30.000 hectáreas en lo que va de 2026, la autoorganización ha sido la clave para la supervivencia. Mientras los brigadistas autoconvocados y oficiales luchan en el monte, el resto de la comunidad gestiona la logística, la alimentación, la asistencia psicológica y la enfermería en bases improvisadas que funcionan con precisión quirúrgica. Para Jota, este esfuerzo no es solo por el paisaje, sino por defender una conexión vital con la naturaleza que «se nos está yendo entre los dedos».




