En un intento por burlar la ley y obtener beneficios judiciales, un hombre actualmente detenido en Puerto Madryn por violencia de género presentó certificados de cursos que nunca realizó.
La estrategia funcionó al principio: la jueza le adelantó dos meses el tiempo de espera para acceder a salidas transitorias y permisos. Pero cuando la documentación comenzó a ser revisada, todo se derrumbó. Los cursos que había presentado como propios habían sido completados en realidad por su expareja, la víctima del proceso judicial. Ahora, la Fiscalía investiga al hombre por uso de instrumento público falso, en un caso que pone bajo la lupa los mecanismos de estímulo educativo dentro del sistema penitenciario.
El “estímulo educativo”: el beneficio que el detenido intentó aprovechar
La maniobra del imputado apuntaba a un resorte clave dentro de la ejecución de penas: el denominado “estímulo educativo”. Este mecanismo permite reducir los plazos de acceso a beneficios como salidas transitorias, permisos especiales o la progresión al régimen de semilibertad, siempre que el detenido acredite actividades educativas realizadas durante su tiempo en prisión.
En este caso, el hombre presentó una serie de certificados que, según consta en la investigación, nunca cursó. La documentación incluía capacitaciones en temas tan diversos como seguridad en el trabajo de carpintería, soldadura eléctrica, cultivo hidropónico en casa, construcción de termotanques solares, competencias digitales, seguridad vial y huerta doméstica.
Con esos papeles en mano, logró que la jueza a cargo de su causa le redujera en dos meses el plazo que debía cumplir antes de acceder a ciertos beneficios judiciales. Pero lo que parecía un avance en su proceso de reinserción escondía una trama mucho más oscura.
Los cursos eran de su expareja: la víctima había completado las capacitaciones
El engaño comenzó a desmoronarse cuando las autoridades detectaron posibles irregularidades en la autenticidad de los certificados. La investigación del Ministerio Público Fiscal reveló que los cursos presentados por el detenido habían sido realizados en realidad por su expareja, la misma mujer que había sido víctima de violencia de género en el proceso judicial que lo llevó a prisión.
El caso sumó entonces un componente de una gravedad inusitada: no solo se trataba de un intento de estafar al sistema judicial, sino que la herramienta utilizada para engañar provenía de la propia víctima, quien había completado legítimamente esas capacitaciones mientras su agresor estaba detenido.
La figura penal: uso de instrumento público falso
El hecho fue encuadrado por la Fiscalía como uso de instrumento público falso, según el artículo 296 del Código Penal. Esta figura sanciona a quien utiliza documentación falsificada a sabiendas de su falsedad, afectando la fe pública y el correcto funcionamiento del sistema judicial.
La investigación continúa abierta mientras se determinan responsabilidades y posibles sanciones. El caso evidencia cómo la manipulación de documentación puede intentar alterar los beneficios judiciales previstos por la ley, incluso en causas delicadas como las vinculadas a la violencia de género.
Un caso que enciende las alarmas sobre el control de los beneficios penitenciarios
La maniobra del detenido expone una vulnerabilidad en el sistema de acreditación de actividades educativas dentro de las cárceles. Si bien el estímulo educativo es una herramienta valiosa para promover la reinserción social de los internos, este caso demuestra que también puede ser utilizado como una vía de fraude si los controles no son lo suficientemente rigurosos.
Fuentes judiciales consultadas señalaron que el caso servirá como precedente para revisar los protocolos de verificación de certificados educativos presentados por personas privadas de su libertad. La intención, subrayaron, no es desalentar el acceso a la educación en contexto de encierro, sino garantizar que los beneficios que de ella derivan sean otorgados con justicia y transparencia.




