El Ministerio de Economía, encabezado por Luis Caputo, ha decidido dar un giro en su estrategia monetaria para enfrentar el estancamiento de las ventas minoristas y la excesiva valorización del peso
A través de una reducción de cinco puntos en los encajes bancarios, el Gobierno nacional busca inyectar liquidez en el sistema financiero, facilitando el acceso al crédito y proporcionando un respiro a una demanda interna que aún no muestra señales claras de recuperación frente a la inflación.
Una apuesta por la remonetización y la actividad
La medida implementada por el Banco Central (BCRA) no es un hecho aislado, sino que forma parte de un plan de remonetización diseñado a fines de 2025. El objetivo técnico es elevar la base monetaria del 4,2% al 4,8% del PBI durante este 2026. Al reducir los encajes, la autoridad monetaria permite que los bancos dispongan de más fondos para prestar, desarmando el «torniquete» impuesto anteriormente para frenar la escalada del dólar.
Esta decisión responde a un diagnóstico urgente: mientras sectores como la exportación o el agro dinámico muestran vitalidad, el consumo masivo y el comercio local —que registró una caída interanual del 3,2% en enero— siguen castigados por la pérdida del poder adquisitivo. Con esta mayor oferta de pesos, la Casa Rosada pretende que el combustible financiero llegue finalmente a las góndolas y a los planes de cuotas.
El dilema del dólar bajo y el atraso cambiario
Un factor determinante para este cambio de rumbo ha sido la inesperada calma del mercado cambiario. Con un dólar minorista que perforó la barrera de los $1.400 y una acumulación constante de reservas por parte del BCRA, la preocupación oficial se desplazó de una posible corrida a un atraso cambiario que podría afectar la competitividad.
El propio Luis Caputo reconoció que, sin la intervención oficial mediante compras diarias, la divisa podría haber caído incluso por debajo de los $1.200. Al liberar pesos al mercado, el Gobierno busca establecer un piso más cómodo para el tipo de cambio, evitando que quede «pegado al piso» y permitiendo una transición más suave hacia la cosecha gruesa del segundo trimestre, donde se espera un ingreso masivo de divisas.
Desafíos para el segundo trimestre de 2026
A partir de abril, el equipo económico enfrentará la prueba de fuego de esta flexibilización. El reto principal consiste en lograr que la liquidez extra se vuelque efectivamente a la inversión y al consumo sin presionar los índices de precios, que en febrero marcaron un IPIM del 1%.
El equilibrio es delicado: el Gobierno necesita «poner plata en la calle» para sostener el humor social y la actividad comercial, pero debe hacerlo bajo un estricto control para no comprometer la desinflación lograda hasta el momento. La mirada estará puesta en si los bancos trasladan este alivio a tasas más bajas para préstamos personales y comerciales, reactivando así el motor de una economía que hoy se encuentra partida entre la recuperación macro y el frío en el mercado interno.




