«¿Pueden China y Estados Unidos superar la trampa de Tucídides y establecer un nuevo paradigma de relaciones entre las grandes potencias?» La pregunta no la formuló un académico en un seminario de Harvard, sino el presidente chino Xi Jinping, directamente a Donald Trump, en la cumbre bilateral que ambos mantuvieron en Pekín el 14 y 15 de mayo de 2026. La cita encendió las alertas en los círculos de relaciones internacionales de todo el mundo, no por lo que decía, sino por quién y dónde lo decía.
La «trampa de Tucídides» es un concepto acuñado por el politólogo de Harvard Graham Allison a partir de la obra del historiador griego Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso (431 a.C.). En pocas palabras: cuando una potencia emergente (Atenas) amenaza con desplazar a una potencia establecida (Esparta), el temor y la tensión estructural hacen que el conflicto sea casi inevitable. Allison documentó 16 casos en 500 años de historia: en 12 de ellos, el desenlace fue la guerra.
En la versión contemporánea, China es la nueva Atenas y Estados Unidos, la Esparta que ve erosionada su hegemonía. La pregunta de Xi —formulada en el Gran Salón del Pueblo, ante las cámaras del mundo— no fue ingenua: fue el reconocimiento de que ambas potencias están bailando al borde del abismo, y que la historia pesa como una losa.
El mito y las excepciones
Pero la trampa no es inevitable. La propia historia registra cuatro excepciones donde la guerra se evitó: la rivalidad entre España y Portugal resuelta por el Tratado de Tordesillas (1494); el traspaso pacífico de la hegemonía de Reino Unido a Estados Unidos a principios del siglo XX; la Guerra Fría, donde la disuasión nuclear obligó a la détente; y la Alemania reunificada, que ejerció su poder a través de la integración económica y no militar.
En cada una de esas excepciones hubo un denominador común: voluntad política, reconocimiento de límites y construcción de reglas compartidas. La cumbre de Pekín de 2026 podría inscribirse en esa tradición —o ser el preludio de una nueva conflagración. Por ahora, Trump regresó a Washington hablando de «acuerdos fantásticos» y Xi aseguró haber sentado las bases de una «estabilidad estratégica constructiva» para los próximos tres años, mientras las provincias argentinas aceleran sus propios acuerdos con Pekín.
La trampa en Argentina: Nación contra provincias
Si el esquema de Tucídides funciona para analizar superpotencias, también sirve para entender las tensiones internas de la Argentina. Aquí, la Atenas emergente son las provincias productivas —particularmente las de la Patagonia y la región cuyana— que concentran los recursos naturales estratégicos del país: petróleo, gas, litio, pesca y minería. La Esparta establecida es el poder concentrado en Buenos Aires, que retiene el control de la coparticipación, los Aportes del Tesoro Nacional (ATN) y las decisiones fiscales centrales.
La Ley de Coparticipación 23.548, sancionada en 1988 como transitoria, sigue vigente 38 años después. Ocho gobiernos ignoraron el mandato constitucional de 1994 que exigía su reemplazo. El resultado es un sistema que Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe —que generan el 70% del PBI— reciben apenas el 40% de los fondos coparticipables, mientras provincias como Formosa o La Rioja dependen en un 90% de las transferencias nacionales.
Esta asimetría genera la misma tensión estructural que Tucídides describió: el poder central resiste la descentralización fiscal, y las provincias emergentes reclaman autonomía. La diferencia es que aquí no se dirime con ejércitos, sino con litigios en la Corte Suprema (16 provincias tienen demandas activas contra la Nación y el FMI como árbitro de la disputa fiscal entre Nación y provincias), con la discrecionalidad de los ATN y con un juego político donde los gobernadores cambian su lealtad según el flujo de fondos.
La pregunta que flota, entonces, no es solo si China y Estados Unidos lograrán evitar la guerra. Es también si la Argentina podrá escapar de su propia trampa de Tucídides: la que enfrenta a un centro que no cede poder con unas provincias que ya no quieren seguir siendo súbditas. En ese contexto, la reforma tributaria que diseñó el Gobierno para cumplir con el FMI será una prueba de fuego. La historia enseña que cuando el poder establecido ignora las demandas del emergente, el desenlace suele ser malo para todos. Ojalá los líderes argentinos estén atentos a la lección de las excepciones.
