El sector ganadero argentino vive una paradoja de manual
Gracias a la ampliación histórica del cupo anual libre de aranceles —que saltó de 20.000 a 100.000 toneladas—, la carne vacuna argentina colocó más de 11.000 toneladas en Estados Unidos en apenas un mes, un volumen equivalente a todo lo exportado a ese país en los primeros ocho meses del año pasado. Sin embargo, este éxito exportador que celebra el Gobierno nacional coincide con un dato preocupante de la Bolsa de Comercio de Rosario: la producción local de carne cayó un 11% en los primeros cinco meses del año.
Más envíos al norte, la sombra de China y el ajuste en el mostrador
El fuerte avance en el mercado estadounidense fue presentado con entusiasmo por la Agencia Argentina para la Promoción de Inversiones y Comercio Internacional y replicado por el vicecanciller Pablo Quirno tras la “Semana de la Carne Argentina en Estados Unidos”. De todas formas, este despegue norteamericano todavía no desbanca a China, que sigue reteniendo entre el 55% y el 70% de los embarques. La encrucijada económica radica en que, mientras las ventas al exterior subieron un 10%, la torta total de carne producida se achicó, reduciendo de forma directa la cantidad de mercadería disponible para las carnicerías y supermercados del país.
A pesar de haber menos oferta en las heladeras locales, los precios en los comercios de barrio no mostraron saltos alarmantes. Según datos del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA), el valor promedio de los cortes relevados se ubicó en mayo en $18.569 por kilo, manteniendo una llamativa estabilidad nominal frente a marzo y abril. En términos reales, al convivir con la inflación acumulada de los últimos meses, esto significó una baja real en el precio del producto, dándole un respiro temporal al bolsillo de los consumidores.
El dilema del stock: abastecer al mundo sin vaciar la mesa local
La foto actual del negocio cárnico deja planteado un interrogante operativo de cara al mediano plazo. Los analistas del sector advierten que la elasticidad del consumo interno tiene un límite y que la convivencia entre un mercado internacional ultra demandante y una producción local en baja puede transformarse en una olla a presión para los precios.
La rentabilidad que ofrecen los dólares del exterior funciona como un imán para los frigoríficos exportadores, pero la capacidad de sostener los envíos a las góndolas estadounidenses y asiáticas dependerá exclusivamente de que la producción ganadera logre recuperarse. Si la faena y el peso de los animales en los campos sigue corriendo por detrás del ritmo de los embarques, la escasez de cortes populares en el mercado doméstico terminará por presionar la cotización del mostrador, rompiendo la frágil pax cambiaria que hoy exhiben las carnicerías.
