Hay quienes llegan a la actividad agropecuaria por mandato o herencia. Otros, como Jorge Villagra, la descubren en el camino y la convierten en su razón de ser.
Nacido en Trelew, Chubut, Jorge comenzó su vida laboral como electricista junto a su padre. Sin embargo, su vocación estaba lejos de los cables y muy cerca de los horizontes abiertos de la Patagonia.
A sus 52 años, Villagra es el encargado y pilar fundamental de un establecimiento de 80 hectáreas bajo riego en las afueras de Viedma, propiedad del productor Enrique Morán. Allí lidera un sistema productivo que se ha convertido en un modelo de adaptación y eficiencia para la región del Idevi (Instituto de Desarrollo del Valle Inferior).

El viaje que cambió su destino: «Yo quería tener mi plata»
La conexión de Jorge con la tierra rionegrina comenzó en su juventud, cuando acompañaba a su padre a las campañas de esquila y a las cosechas de manzana en el Alto Valle. Aunque en Trelew tenía un oficio seguro, el trabajo rural lo cautivó de inmediato.
“Yo quería tener mi plata. Me gustaba trabajar”, rememora al evocar sus primeros empleos en las tareas de poda, cosecha y empaque en Villa Regina. Tras consolidarse en el sector, una oferta laboral para trabajar en la Legislatura de Río Negro intentó tentarlo con estabilidad y oficina, pero su respuesta fue contundente:
“No, ¿qué voy a ir a hacer ahí yo, a cebar mates? Toda la vida estuve en la chacra. No estoy para quedarme ocho horas encerrado”.
Su verdadero punto de inflexión ocurrió en 2009, cuando Enrique Morán lo convocó para iniciar desde cero un proyecto ganadero. Sin experiencia previa en la materia, Jorge aceptó bajo una condición: “Dame un año a mí, a ver qué puedo hacer. Si ves que no ando, me voy”. Diecisiete años después, sigue al frente del campo.
Innovación técnica: del corral a la recría pastoril
El debut de Villagra coincidió con una de las peores sequías de la región, lo que obligó a trasladar miles de animales desde los campos secos de la familia Morán hacia las áreas bajo riego.
El desafío técnico era mayúsculo para alguien ajeno al sector: “Yo lo único que sabía de las vacas era que se comían”, bromea Jorge. No obstante, compensó la falta de experiencia con un riguroso proceso de observación y ensayo de dietas forrajeras: “Le puse todo porque sabía que estaba todo en juego, sobre todo mi honor”.
El esfuerzo dio frutos históricos. El establecimiento pasó de un engorde a corral básico a lograr ganancias de peso de un kilo y medio diario por animal. En materia agrícola, el año pasado alcanzaron un rendimiento excepcional de 70.000 kilos de materia verde por hectárea en 25 hectáreas de maíz para silo.
Mirando hacia atrás, el productor rionegrino por adopción reflexiona con asombro:
“Cuando arrancamos, yo nunca pensé llegar a esto. Nunca pensamos tener la chacra tan productiva”.
Un sistema mixto para combatir el estrés animal
Fiel a su filosofía de que el campo exige una evolución constante, la fluctuación de los mercados obligó al establecimiento a dar su último gran vuelco estratégico. “Esto es cambio permanente. Tenés que buscarle la vuelta porque el número, si no, no te cierra”, explica Villagra.
Debido al encarecimiento de los costos del feedlot tradicional, el campo abandonó la terminación a corral para concentrarse en la recría pastoril con suplementación, un modelo mixto donde unas 700 cabezas bovinas aprovechan las alfalfas bajo riego durante el día y descansan en corrales con alimentación complementaria por la noche.
Para Jorge, este cambio también responde al bienestar animal, clave en el rendimiento final de la carne:
“Un ternero en un corral es como tener una gallina encerrada”, concluye, sintetizando una filosofía de vida y trabajo que comenzó hace cuatro décadas y que transformó a un electricista chubutense en el auténtico motor de una de las chacras más eficientes de Río Negro.
