El capitán de la Selección argentina pasó por todos los estados de ánimo en el infartante triunfo 3-2 ante Egipto
De la frustración por el penal fallado a la genialidad de la remontada que mete a la Albiceleste en los cuartos de final del Mundial 2026.
Del sufrimiento inicial a la jerarquía de un líder
El pitazo final del árbitro francés François Letexier desató una marea de emociones contenidas en el campo de juego, pero ninguna tan fuerte como la de Lionel Messi. Apenas se consumó la clasificación, el astro rosarino se tomó la cabeza y estalló en lágrimas sobre el césped, sintetizando el tremendo desahogo de un partido que comenzó torcido y terminó en hazaña.
El encuentro le había presentado un escenario completamente adverso al diez. Tras el sorpresivo gol inicial de Egipto, Messi tuvo la oportunidad de igualar las acciones desde los doce pasos, pero el arquero Mostafa Shobeir —quien ya venía de ser figura ante Australia— le adivinó el remate. Lejos de caer en la frustración, el jugador del Inter Miami demostró por qué es el mejor del mundo: se repuso mentalmente, se cargó el equipo al hombro y comandó la remontada.
Una volea magistral y la mirada puesta en cuartos
El capitán fue el faro futbolístico de la reacción nacional. Primero, frotó la lámpara para asistir de manera quirúrgica a Cristian «Cuti» Romero en el gol del descuento. Luego, a los 38 minutos del segundo tiempo, hizo estallar a las tribunas con una tremenda volea dentro del área para estampar el 2-2 parcial, un gol que gritó con el alma con los puños apretados.
La justicia en el marcador llegó a los 47 minutos del complemento, cuando Enzo Fernández conectó un centro perfecto de Lautaro Martínez para sellar el 3-2 definitivo. Con este resultado, el equipo de Lionel Scaloni ya se metió entre los ocho mejores del planeta y espera rival en los cuartos de final, el cual saldrá del cruce que disputarán esta tarde Colombia y Suiza.
