De Merlo a las trincheras: el crudo destino de los argentinos en Ucrania.
En la tranquilidad cotidiana del conurbano bonaerense, donde el ritmo lo marcan el tren y el bullicio escolar, cuesta imaginar que a 12.500 kilómetros de distancia, jóvenes nacidos en estas tierras están intercambiando ráfagas de AK-47 en el frente más sangriento de Europa.
Sin embargo, la realidad es tajante: mientras en Merlo el sol calienta las plazas, en el este ucraniano, bajo un calor asfixiante de agosto, un grupo creciente de voluntarios argentinos ha decidido tomar una guerra ajena como propia, firmando contratos que los sitúan en el epicentro de un conflicto donde la vida vale lo que dura el vuelo de un dron kamikaze.
El fenómeno del reclutamiento digital y el perfil del voluntario
El camino hacia el frente no comienza en una oficina militar formal, sino muchas veces en la pantalla de un celular a través de redes sociales. La viralización de videos en plataformas como TikTok ha facilitado que reclutadores con experiencia, como el argentino Fabián “Gringo” Castro, capten a civiles interesados en alistarse.
Según TN, aunque no hay cifras oficiales cerradas, se estima que al menos 50 argentinos ya integran las filas ucranianas. No se trata de militares de carrera en su mayoría; entre ellos hay albañiles, electricistas y operarios que ven en la Legión Extranjera una oportunidad económica o una vocación de servicio extrema. La oferta es clara pero letal: sueldos que oscilan entre los 500 y 2800 dólares mensuales, un seguro de vida de 400.000 dólares para la familia en caso de fallecimiento y la cobertura de los gastos logísticos iniciales.
Del hotel en Buenos Aires al «infierno» de la línea cero
El proceso de traslado es vertiginoso. Tras una serie de entrevistas, los voluntarios se reúnen en hoteles de Buenos Aires antes de emprender un viaje con múltiples escalas que termina en la frontera con Moldavia. Desde allí, son trasladados a la región de Sumy, al noreste de Ucrania.
La instrucción dura aproximadamente un mes y se lleva a cabo en campamentos secretos situados en pueblos fantasma, donde el uso de celulares está prohibido para evitar los ataques de la inteligencia rusa. «Tienen que entender que están en una guerra», repiten los comandantes mientras los entrenan en trincheras con fuego real. La firma del contrato por dos años los convierte legalmente en soldados ucranianos, con los mismos derechos y obligaciones que un nativo, incluyendo la posibilidad de pedir la baja tras seis meses de servicio.
El impacto psicológico y la realidad del combate
La transición de la instrucción a la «línea cero» —el frente de choque directo— es descripta por los sobrevivientes como «el infierno mismo». En este escenario, el combate cuerpo a cuerpo se mezcla con la guerra tecnológica de los drones FPV. Los testimonios de quienes regresan son desgarradores y contrastan con la «arenga futbolera» del inicio del viaje.
Muchos soldados latinos suelen combatir en grupos para sortear la barrera idiomática, pero la letalidad es tan alta que el regreso es una excepción. «Perdí a casi todos mis compañeros, de 50 que llegamos, sólo 2 estamos volviendo», relató un combatiente conmovido tras diez meses de lucha. Para estos argentinos, la épica de la batalla se disuelve rápidamente ante la pesadilla cotidiana de una guerra que no perdona errores y que, para muchos, termina siendo el final de su historia lejos de casa.




