El histórico entrenador falleció a los 70 años con una salud endeble, pero peleando hasta el final como el «viejo Rocky» que nunca dejó de enseñar.
El boxeo patagónico está de luto. José Benjamín Bachilleri, el maestro de varias generaciones de peleadores, falleció en las últimas horas a los 70 años, inmerso en una salud frágil pero disputando su última gran pelea: la de seguir transmitiendo pasión hasta el final. El «Bachi» se va como vivió, con la misma caprichosa película que se resetea una y otra vez pero que nunca termina de olvidar.
El histórico entrenador formó a decenas de boxeadores, entre ellos nombres de peso como Omar Narváes, Roberto «Munra» Reuque, el «Gringo» Miguel Steimbach y «Falucho» Medina, entre otros campeones que salieron de su escuela.
El adiós a un maestro de la vieja escuela: disciplina y picardía de barrio
Bachilleri no era un entrenador cualquiera. El suyo era el boxeo de antes, el que honraba a los maestros con la palabra justa y el ejemplo constante. Sin grandes ciencias rimbombantes, pero con disciplina férrea y esa picardía que solamente se adquiría en el barrio, «Bachi» se hizo un nombre y un prestigio que trascendió fronteras dentro del mundo del boxeo.
Pocos tipos con tanta pasión transmitieron tanto como él. Con pocas palabras, pero con un aprendizaje directo y sin escalas, el «Bachi» enseñaba que el entrenamiento es el principal capital, que hay que potenciar las virtudes del boxeador y leer las debilidades del rival. Un abecé que, según sus discípulos, aún hoy sigue funcionando intacto. Un plan ganador que, ayudado por la fortaleza mental, convertía a un deportista en invencible.
Desde Río Gallegos a toda la Patagonia: la ruta de un sembrador de campeones
Bachilleri llegó desde Río Gallegos, Santa Cruz, en la década del 80 cuando todavía se calzaba los guantes como boxeador profesional. Su consigna era clara: cerrar su propia historia «boxindanga» y dar el salto definitivo hacia la enseñanza. Y vaya que lo logró.
Pasó por Trelew, vivió en José de San Martín, Pico Truncado y en otras ciudades de la Patagonia, siempre en contacto con un gimnasio donde se transpirara y sonara de fondo la campana. Donde fuera, sembraba la semilla, construía pasión y formaba a decenas de pibes que soñaban con ser campeones.
Nunca lo frenaron los problemas, las traiciones ni la falta de palabra. Por eso, no solía quedarse donde no se lo respetaba. Su carácter era una muestra exacta de lo que intentaba transmitirles a sus boxeadores: primero el compromiso y después, todo lo demás.
Siempre prefirió la calidad por sobre la cantidad. Por eso, prefería entrenar específicamente a los que «pintaban» y competían. Y esa enseñanza se daba directa y frontal, con el rigor del día a día. Sin vueltas. Como en el ring.
El «viejo Rocky» descansa: su legado como boxeador y maestro
Bachilleri debutó como profesional en 1980 y sumó infinidad de peleas sin registro oficial. En Chile, tuvo combates legales y otras presentaciones informales, pero jamás le esquivó a nadie. En Trelew, derrotó a José Huala y Juan Silva Soto, y empató con el santafecino Ramón Carreras.
También sorprendió en Chile al derrotar a Luis «Chilote» Alvarado. Entre sus mejores victorias se recuerdan los triunfos ante Alfredo Morales e Ismael González. Pero el boxeo también le dio golpes duros: en Trelew, lo noqueó César «La Bestia» Romero, y en 1984 se le registra una derrota ante Juan Carlos Fernández.
Sin embargo, «Bachi» no será recordado principalmente por sus victorias o derrotas como peleador. Su legado más grande está en cada uno de los boxeadores que formó, en cada campeón que supo sacar del barrio con disciplina y sacrificio.
Suenan las diez campanadas: «Bachi» por siempre
El viejo «Rocky» al fin descansa. Y con él, se van miles de historias. Boxeadores de todo rango aprendieron sus secretos y, especialmente, lo recordarán por su estilo singular, por su manera de vivir el boxeo como en la vida misma: con huevo, con carácter y sin rendirse nunca.
Suenan en su nombre las diez campanadas. El boxeo patagónico pierde a uno de sus grandes maestros, pero su escuela seguirá viva en cada pibe que se ponga los guantes y recuerde que, como enseñaba «Bachi», primero está el compromiso. Después, todo lo demás.
