Recuperado de entre el hielo de un glaciar de los Alpes a finales del siglo pasado, de Ötzi se sabía casi todo. Que tenía unos 45 años cuando fue asesinado por la espalda hace unos 5.300 años. Un profundo estudio genético desveló hace tres años que, además de calvo, era de tez oscura y provenía probablemente de la lejana Anatolia. Se sabe incluso lo que comió poco antes de que lo mataran de un flechazo. Ahora, una nueva investigación identifica la vida microscópica que llevaba dentro.
El trabajo, publicado en la revista especializada Microbiome, muestra que sus bacterias eran muy diferentes a las de los humanos de las sociedades modernas. También descubrieron que una serie de hongos adaptados al frío se han despertado miles de años después y podrían comprometer el futuro de la momia.
«Hemos identificado bacterias intestinales ancestrales conservadas en Ötzi que son extremadamente raras en personas que viven estilos de vida modernos e industrializados, aunque aún se pueden encontrar en personas con estilos de vida tradicionales», explicó Frank Maixner, director del Instituto de Estudios de Momias de Eurac Research (Bolzano, Italia) y autor senior de la investigación.

Los investigadores aprovecharon la rara ocasión que tuvieron en 2019 cuando, durante cinco horas, Ötzi fue descongelado para una serie de trabajos. Tomaron muestras de su piel y tejido conectivo, usaron una decena de hisopos en distintas partes del cuerpo, recolectaron agua descongelada de su interior y reanalizaron el suelo conservado desde 1991.
El microbioma intestinal de Ötzi encontrado ahora es el mismo que tenía cuando murió. Encontraron un gran número y variedad del género Clostridia, ya detectadas en momias egipcias. Tanto en el suelo como en el agua descongelada hallaron microorganismos bien adaptados al frío, como la Glaciozyma watsonii o la Phenoliferia glacialis, microbios psicrófilos habituados a entornos gélidos como el Ártico ruso o la Antártida.
Lo intrigante es que algunas de estas levaduras presentaban un reducido daño en su ADN, lo que indica que estaban activas cuando las estudiaron. Al compararlas con muestras de 2010, confirmaron que el ecosistema microbiano de la momia no se quedó congelado hace 5.300 años.

«Aquí vemos una continuidad. Estas levaduras han acompañado a Ötzi en su largo viaje a través de los milenios», afirmó Maixner, para quien la momia «no es una reliquia estática, sino un sistema biológico dinámico».
El estudio también revela que las medidas de conservación aplicadas tras el hallazgo pudieron favorecer involuntariamente a ciertos microorganismos. Cuando extrajeron a Ötzi del hielo, usaron fenol para descontaminarlo, pero tres de las cuatro levaduras identificadas poseen la capacidad genética de descomponer ese compuesto y podrían haberlo aprovechado como fuente de alimento.
Los autores advierten que varios de los microbios presentes portan genes que codifican enzimas capaces de descomponer proteínas, grasas e incluso colágeno, lo que implica «un riesgo biológico latente para la integridad de la momia a largo plazo».
Más allá del interés arqueológico, los microorganismos adaptados al frío son objeto de creciente interés para la industria biotecnológica, ya que podrían emplearse en procesos de fermentación que requieran menos energía al funcionar a bajas temperaturas.
