A más de 1.000 metros de profundidad, en la oscuridad total del océano Atlántico Sur, un equipo internacional de científicos encontró algo que no esperaban: un arrecife de coral de aguas frías del tamaño de la Ciudad del Vaticano. El descubrimiento ocurrió frente a la costa de Argentina y cambia lo que se sabía sobre la vida en las profundidades marinas de la región.
La expedición, liderada por científicos del CONICET y la Universidad de Buenos Aires, recorrió unos 900 kilómetros del margen continental argentino a bordo del buque R/V Falkor (too). Para explorar el fondo marino utilizaron el ROV SuBastian, un vehículo robótico operado a distancia capaz de filmar en alta definición y recolectar muestras a profundidades extremas.
Lo que revelaron las cámaras del robot fue un paisaje submarino dominado por Bathelia candida, una especie poco común de coral de aguas frías. Estos corales no necesitan luz solar porque viven en completa oscuridad. En lugar de algas fotosintéticas, se alimentan de partículas orgánicas que caen desde la superficie, conocidas como «nieve marina». Los montículos que forman pueden tardar miles de años en crecer.
Uno de esos montículos coralinos ocupa unos 0,4 kilómetros cuadrados, una superficie equiparable al Vaticano. Según los investigadores, podría tratarse de uno de los arrecifes de coral de agua fría más grandes jamás documentados en el mundo.
El biólogo marino Santiago Herrera, de la Universidad de Lehigh, lo describió como uno de los ambientes más vibrantes que haya visto en el océano profundo. Allí conviven cangrejos, pulpos, calamares de cristal, estrellas frágiles y estrellas cesta, todos alimentándose en torno al coral. La cantidad de biodiversidad acumulada en un lugar donde normalmente la vida escasea dejó sorprendido al equipo.
«No esperábamos ver este nivel de biodiversidad en el mar profundo argentino, estamos muy emocionados de verlo rebosante de vida», dijo la jefa científica de la expedición, María Emilia Bravo, investigadora de la Universidad de Buenos Aires y el CONICET.
Durante la misma campaña, los científicos localizaron una filtración fría con almejas quimiosintéticas y el primer registro de una caída de ballena en aguas profundas argentinas, a casi 4.000 metros. Estos restos óseos pueden sostener comunidades enteras de animales y microbios durante décadas en el fondo del océano.
Sin embargo, el hallazgo también trajo señales de alerta. Los investigadores encontraron residuos de pesca, cabos enredados y daños que podrían estar asociados al arrastre. También existe el temor de que la zona sea objetivo de futuras prospecciones de petróleo y gas. El equipo ya prueba técnicas de restauración con sustratos artificiales y corales impresos en 3D para favorecer la recolonización de un ecosistema que podría demorar milenios en recuperarse si se destruye.
Según el Schmidt Ocean Institute, el océano concentra el 98% del espacio habitable del planeta y gran parte de sus profundidades sigue siendo un misterio. Este descubrimiento refuerza la necesidad de seguir explorando y protegiendo uno de los ecosistemas más desconocidos de la Tierra.
