El histórico triunfo ante Inglaterra dejó al Gobierno en offside
La foto de los jugadores con la bandera de Malvinas y las duras críticas de Lionel Messi sobre la situación económica demolieron el relato oficialista. Estalló un fuerte pase de facturas contra la ministra de Seguridad.
La victoria de la Selección Argentina frente a Inglaterra en el Mundial 2026 terminó transformándose en un búmeran político para la gestión de Javier Milei. Lo que se planificó durante semanas como una oportunidad para emparentar los logros de «La Scaloneta» con la narrativa libertaria se desmoronó tras el pitazo final. Los jugadores no solo desafiaron la censura de la seguridad estadounidense al exhibir una bandera con el reclamo por las Islas Malvinas, sino que el propio Lionel Messi asestó un golpe inesperado al referirse públicamente a la crisis socioeconómica que atraviesa el país, desatando la furia en Balcarce 50 e inaugurando una feroz interna ministerial.
El doble golpe de la Selección: soberanía y realidad social
El vestuario nacional plantó bandera con gestos y palabras. En medio de los festejos sobre el césped de Atlanta, los futbolistas desplegaron un trapo con la consigna «Las Malvinas son argentinas», un abierto desafío a la estricta prohibición impuesta por los organizadores y acordada con la seguridad local para evitar consignas políticas. La imagen se viralizó de inmediato en todo el planeta.
Pero el malestar del Ejecutivo escaló a niveles máximos cuando el capitán, Lionel Messi, rompió el protocolo deportivo al opinar sobre la realidad nacional en declaraciones posteriores. “Sabemos que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, no llega a fin de mes”, disparó el «10». Sus dichos golpearon el corazón del discurso oficial y provocaron una airada reacción de Milei, quien salió al cruce tildando las expresiones de soberanía como «patrioterismo barato» y catalogando a quienes opinan de «personas intrascendentes» a las que «nadie les da importancia».
En la misma línea, el subsecretario de Políticas Universitarias, Alejandro Álvarez, canalizó la molestia oficial apuntando contra la oposición y los jugadores: «Si Argentina sufre una sanción como consecuencia de no respetar lo dispuesto por FIFA ya sabemos a quién reclamar», advirtió.
El «error Monteoliva»: la ministra en el ojo de la tormenta
Puertas adentro de la Casa Rosada, la mayor parte de la bronca tiene nombre y apellido: Alejandra Monteoliva. En el entorno presidencial acusan a la ministra de Seguridad de haber «arruinado» la estrategia comunicacional del Gobierno tras su raid mediático, donde se jactó de coordinar con el FBI la prohibición de banderas argentinas con el mapa de Malvinas.
«Salió a querer hacerse ver con algo que no era una decisión nuestra, sino de la seguridad de Estados Unidos. Nos arruinó», admitió con fastidio una alta fuente gubernamental. En los pasillos oficiales trinan porque la sobreexposición de la ministra dejó instalado en la opinión pública que el propio gobierno de Milei censuraba el reclamo de soberanía nacional. «Lamentable», se quejaron desde el entorno presidencial.
Una Cancillería atada de manos y control de daños fallido
El cortocircuito interno fue de tal magnitud que paralizó la reacción de la Cancillería. El ministro de Relaciones Exteriores, Pablo Quirno, no pudo capitalizar diplomáticamente el triunfo ni la causa Malvinas. «No podía decir nada Quirno. ¿Cómo iba a salir a hablar de la bandera si su propia compañera de gabinete (Monteoliva) andaba pidiendo que no las llevaran?«, explicaron fuentes oficiales, evidenciando el nivel de parálisis que causó la descoordinación.
En un intento desesperado de control de daños, la cuenta oficial de La Libertad Avanza ensayó una pirueta retórica al publicar la foto de los jugadores con el «trapo» de Malvinas junto al mensaje «Somos un país, no una película de Disney», buscando desviar la atención y sumarse a la ola nacionalista. Sin embargo, en el Gobierno asumen la derrota en la batalla cultural de esta semana: «Estuvo bien hecha la campaña en contra nuestro con las banderas», confesaron con resignación, mientras intentan contener una de las crisis políticas internas más incómodas desde el inicio del mandato.
