Es Bombero voluntario en Chubut y cuenta cómo es luchar contra el fuego, la situación de los habitantes y la destrucción del paisaje. Entre la desolación de perderlo todo y la solidaridad extrema.
La lucha contra los incendios en la cordillera no es solo una cuestión de agua y equipos; es, ante todo, una batalla de nervios, cansancio y una entrega humana difícil de procesar. Juan Rodríguez, bombero voluntario que formó parte del despliegue de la Regional 1 en las zonas de El Hoyo y Epuyén, regresó del frente con una crónica de la resiliencia del espíritu.
Combatir en un laberinto
Para quienes estuvieron allí, el escenario no era simplemente un bosque en llamas, sino una trampa mortal. Rodríguez describe un ambiente «muy violento», donde el pino, principal combustible de la zona, genera una propagación tan rápida que anula cualquier margen de error. De acuerdo con Canal 12 Web.
«Es un laberinto de fuego. No es como en el campo abierto donde tenés para dónde disparar», explica con la crudeza de quien sabe que la vida pende de un hilo. En muchos sectores, los caminos eran tan estrechos que las dotaciones debían abandonar sus vehículos ante el riesgo de quedar encerrados, avanzando a pie hacia el peligro solo con sus motobombas y el instinto de servicio.
El dolor de la pérdida y la prioridad de la vida
Uno de los puntos más desgarradores de la labor de los bomberos en estos incendios en la cordillera es la impotencia frente a la destrucción. Rodríguez recuerda con pesar haber protegido viviendas que, apenas 24 horas después, ya no existían.
«Nos ponés en el lugar de la gente porque no se quieren ir; quieren hacer lo imposible para salvar su casa y sus años de trabajo», relata. Sin embargo, en la línea de fuego, la decisión es tajante: «Al fin y al cabo, lo material no tiene chance ante algo tan violento y nosotros debemos priorizar la vida». Esa desolación de ver el paisaje cambiado en un 100% deja una marca profunda en quienes combaten en la primera línea.
Solidaridad: el refugio en medio de la ceniza
A pesar de la tragedia, el relato de Rodríguez se ilumina al hablar del factor humano. En medio del desastre, cuando el fuego ya se había llevado años de esfuerzo, la comunidad de Chubut respondió con una nobleza conmovedora.
«Gente que había perdido todo te ofrecía de comer y ayuda. Ante la catástrofe, que te inviten agua fría o un lugar para descansar es impagable», destaca el bombero. Esta red de contención, donde los vecinos se organizaban con camionetas y tanques de agua para meterse al monte junto a los brigadistas, fue el motor que sostuvo a los equipos durante las jornadas más críticas.
El regreso y la guardia alta
Aunque Rodríguez y sus compañeros de Rawson, Trelew, Paso de Indios y Dolavon ya fueron relevados, el peligro de los incendios en la cordillera no ha terminado. Otros camaradas permanecen en el terreno, enfrentando ahora riesgos de desmoronamientos y caídas de árboles debilitados.
El mensaje final de quien estuvo cara a cara con el fuego es de prevención, pero también de respeto por el entorno: «Nosotros vamos a vivir la naturaleza, ella ya estaba ahí». La limpieza de los terrenos y la seguridad en las viviendas son, para él, la única forma de que el próximo incendio no se convierta en una tragedia irreparable.




