La historia del fútbol argentino parece estar condenada a repetirse en ciclos de espejos.
Treinta y seis años después de que Diego Maradona desafiara el sentimiento nacional italiano desde Nápoles en el Mundial de 1990, Lionel Messi se encuentra en una encrucijada similar en el corazón de Catalunya, donde las identidades nacionales y el fútbol vuelven a cruzarse en la previa de una final mundialista.
El precedente de 1990: Maradona y el orgullo del sur
En el Mundial de Italia 90, Maradona utilizó su plataforma en el San Paolo —la casa donde era venerado como un semidiós— para reclamar apoyo contra el seleccionado local. «Durante 364 días del año los llaman terroni [despectivo para los sureños] y ahora les piden que sean italianos», sentenciaba Diego. Su habilidad para leer el clima social y el racismo histórico que sufría el sur de Italia convirtió a Argentina en «local» en Nápoles, creando una grieta identitaria que dejó heridas profundas en el fútbol italiano.
El fenómeno Messi: Catalunya frente al espejo
Hoy, la situación con Messi en Catalunya presenta matices distintos, pero una tensión de fondo igualmente profunda. La discusión no es puramente deportiva, sino identitaria:
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El rechazo a la Selección Española: Para muchos sectores independentistas catalanes, el rechazo a la selección de España —asociada a una idea nacional con la que no se sienten identificados— pesa más que cualquier afinidad futbolística. Como señala Agustín Guazzone, director de Argentinos en Catalunya, «la discusión está mal planteada si es Messi o España; el rechazo a España pesa más que cualquier otra cosa».
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El «hijo» del Barcelona: Messi es visto como un ídolo formado en La Masia, un símbolo de la era dorada del Barça. Muchos catalanes lo sienten como un «hijo que creció en casa» y que ahora triunfa con otro escudo. Existe un orgullo por verlo ganar, mezclado con la nostalgia del «nido vacío».
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La dualidad de los jugadores: La situación se complejiza porque parte del plantel español está compuesto por jugadores formados en el Barcelona, lo que genera una división en la hinchada local entre quienes apoyan a los «propios» en España y quienes, por convicción política, se inclinan incondicionalmente por Argentina.
Diferencias y vasos comunicantes
A diferencia de Maradona, Messi nunca buscó alimentar tensiones políticas ni solicitó apoyo contra España. Sin embargo, su figura ha terminado en el centro de un debate que trasciende el césped.
La historia conecta puntos distantes: tanto Italia como España fueron reinos unificados que integraron regiones con fuerte personalidad propia. La conexión entre la Corona de Aragón y el Reino de las Dos Sicilias parece un eco lejano de esta tensión actual. Mientras que los napolitanos saldaron su relación con Diego a través de altares y santuarios, Catalunya vive hoy la dicotomía de ver a su máximo ídolo histórico representando a otra nación, en un escenario donde la política y el fútbol son, otra vez, inseparables.
Tal como sugiere la analogía del periodista Javier Ferreyra, Messi se encuentra en una posición similar a la de un San Martín futbolístico: formado en Barcelona, pero con la misión de triunfar bajo la bandera que, definitivamente, siente propia. Treinta y seis años después de aquel «siamo fuori della Coppa» en Nápoles, el destino vuelve a poner a un argentino en el centro de un tablero geopolítico que, aunque se juegue con una pelota, se define con los sentimientos de pertenencia.
