La digitalización avanza sin freno en la Argentina y amenaza con dejar al margen a miles de jubilados.
Lo que para las generaciones más jóvenes representa un trámite de segundos desde el teléfono celular, para la tercera edad se convirtió en una trampa burocrática que vulnera su autonomía cotidiana. Desde la imposibilidad de conseguir turnos médicos hasta las dificultades extremas para operar con aplicaciones bancarias o realizar gestiones estatales que antes se resolvían en un mostrador, la barrera tecnológica impone un debate urgente en la sociedad.
El peligro del edadismo: no es un problema de edad, sino de oportunidades
Frente a este escenario, la psicogerontóloga Magda Casarosa (MP 505) encendió las alarmas sobre los riesgos de caer en el «edadismo», un prejuicio cultural que consiste en atribuirle erróneamente a la vejez la incapacidad de adaptarse a las nuevas tecnologías. La especialista fue tajante al señalar que esa mirada distorsionada termina reforzando estereotipos negativos y despojando de independencia a personas que conservan intacta su capacidad de decidir, desenvolverse y adquirir conocimientos.
«La capacidad de aprendizaje está a lo largo de toda la vida», enfatizó la profesional. El verdadero foco del conflicto no reside en los adultos mayores, sino en la falta de condiciones estructurales que brinda la sociedad para su integración. En esa línea, remarcó que el acompañamiento familiar o institucional no debe significar «hacerles todo», sino brindar tiempo, respeto y paciencia para que cada persona aprenda a su propio ritmo. Asimismo, criticó que el formato digital haya pasado de ser una alternativa facilitadora a transformarse en la única vía obligatoria para acceder a derechos básicos como la salud o el dinero propio.
«Nuestros hijos nos hacen todo»: el dramático testimonio de los jubilados en la calle
La problemática cobra un dramatismo cotidiano en provincias como Chubut. Allí se multiplican los reclamos de referentes de centros de jubilados que exigen el regreso de la atención presencial, mientras miles de abuelos dependen de la buena voluntad de jóvenes o familiares para no quedar desconectados del sistema.
En recorridas de calle, las vivencias de los protagonistas exponen fracturas impactantes:
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Dependencia absoluta: «Nuestros hijos nos hacen todo», confesó con resignación una de las adultas mayores consultadas.
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Barreras bancarias: Otra jubilada relató la angustia de pasar días enteros intentando operar con una nueva aplicación financiera, hasta que debió recurrir al auxilio de una joven desconocida para destrabar sus gestiones.
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El arrastre de la pandemia: «Hay muchas cosas que por el COVID se aprovecharon. Ahora todo tenés que sacar, meterte en una aplicación, y cuesta», protestó otra de las entrevistadas.
Si bien un sector ha logrado incorporar el celular a su rutina reduciendo filas bancarias, la realidad es heterogénea y profunda: una porción masiva de la población continúa en situación de vulnerabilidad tecnológica y exige asistencia permanente.
Hacia un entorno accesible: el desafío urgente de no dejar a nadie afuera
El avance tecnológico es irreversible, pero su implementación desmedida no puede traducirse en una nueva forma de marginación social. Los especialistas coinciden en que no alcanza con exigirle a la tercera edad que se adapte si los sistemas bancarios y estatales carecen de accesibilidad intuitiva, si no se dictan capacitaciones reales o si se eliminan por completo las oficinas físicas.
La verdadera inclusión digital no puede quedar a merced de la solidaridad de un familiar de turno o del favor de un empleado bancario. El reto central de la Argentina pasa por diseñar herramientas inclusivas que devuelvan la autonomía a los adultos mayores y garanticen que la tecnología sea un puente de integración y no un muro de exclusión.
