Residuos en santuario ecológico. En uno de los lugares más remotos del planeta, donde la naturaleza parecía intacta y lejos de la intervención del hombre, encontraron una señal verdaderamente alarmante: residuos en la península Byers, una de las zonas más protegidas de la Antártida.
Botellas de plástico, bidones, chanclas y otros objetos que viajaron miles de kilómetros por el océano fueron hallados poniendo en riesgo esta biodiversidad tan única, más allá de su aislamiento extremo. El hallazgo, a cargo de científicos españoles, resalta la magnitud de la contaminación global, un problema que llega a los rincones más aislados del mundo.
Los investigadores, liderados por el profesor Jesús Ruiz Fernández, de la Universidad de Oviedo, fueron a la región para estudiar el retroceso de los glaciares y la evolución de los ecosistemas, cuando la presencia humana en la región era casi inexistente. Sin embargo, se sorprendieron al ver que la basura está llegando hasta los puntos más remotos.
Lo que era un refugio ecológico se convirtió en un depósito de basura
La península Byers, una de las Áreas Antárticas Especialmente Protegidas, está limitada a la presencia de un máximo de 12 personas al mismo tiempo debido a su alto valor ecológico. En sus 60 kilómetros cuadrados, alberga una biodiversidad única adaptada a las extremas condiciones y a la falta de intervención humana directa. Pero ahora, los investigadores descubrieron diversos tipos de residuos en sus costas, como plásticos, vidrio, calzado y envases, entre otros.
Este descubrimiento resulta alarmante no solo por la naturaleza de los desechos encontrados, sino también porque la península Byers se consideraba uno de los pocos lugares del planeta aún intactos. Su delicado ecosistema y la rica biodiversidad que alberga la convierten en una zona crucial para mantener el equilibrio natural. Sin embargo, la contaminación marina amenaza seriamente su conservación, publicó Canal26.
Las corrientes marinas y el hombre, los principales culpables
Los científicos atribuyeron los residuos encontrados a las corrientes marinas, que transportan la basura desde embarcaciones que la arrojan al mar o desde lugares distantes. El océano global está interconectado, y este fenómeno demuestra cómo las corrientes pueden trasladar desechos a lo largo de miles de kilómetros.
Este hallazgo no solo refuerza la idea de la interconexión de los océanos, sino que también resalta el alcance de un problema creciente: la contaminación humana llega a todos los rincones del planeta. Las botellas de plástico, en particular, son una de las amenazas más persistentes. Estos desechos pueden fragmentarse en microplásticos, que, al ser ingeridos por organismos marinos, alteran las cadenas tróficas y afectan la fauna local.
En muchos casos, los plásticos tardan siglos en descomponerse, liberando sustancias tóxicas durante el proceso. La presencia de estos residuos en un lugar tan remoto y previamente intacto evidencia los efectos de una actividad humana que no parece tener límites.