El californio-252 ocupa un lugar singular en el mundo de la ciencia aplicada. No aparece en joyerías ni en mercados financieros, pero su valor supera al de cualquier metal precioso conocido. Cada gramo alcanza cifras millonarias debido a una combinación poco frecuente de propiedades físicas, dificultad técnica y una oferta casi inexistente.
Este isótopo artificial fue identificado por primera vez en la década de 1950 en la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos. Desde el inicio llamó la atención de la comunidad científica por su intensa radiactividad y por su capacidad de emitir neutrones de forma constante, una característica excepcional dentro de la tabla periódica.
A diferencia de otros elementos, el californio-252 no se extrae de la naturaleza. Su obtención requiere procesos nucleares complejos que se realizan dentro de reactores especialmente preparados. Allí se irradian otros actínidos durante largos períodos, lo que implica años de trabajo continuo para generar cantidades mínimas del material.
La complejidad no termina en su fabricación. Su vida media es relativamente corta, lo que obliga a sostener la producción de manera permanente para reemplazar el material que se degrada con el tiempo. Esa condición encarece aún más cada microgramo obtenido y limita cualquier posibilidad de acumulación a largo plazo. De acuerdo con LA17.
En la actualidad, solo dos instalaciones en el mundo logran producir californio-252 de forma sostenida. Una se encuentra en el Laboratorio Nacional de Oak Ridge, en Estados Unidos, y la otra en el Instituto de Investigación de Reactores Atómicos, en Rusia. Entre ambas, la producción anual rara vez supera unos pocos cientos de miligramos.
Esa escasez explica por qué el precio ronda los 23 millones de euros por gramo. No se trata de un valor especulativo, sino del resultado directo de costos operativos elevados, protocolos de seguridad estrictos y una demanda que no admite reemplazos técnicos simples.
El uso más conocido del californio-252 aparece en tratamientos oncológicos de alta precisión, donde su emisión de neutrones permite atacar tumores específicos que no responden a otras técnicas. En esos casos, pequeñas cantidades del isótopo resultan determinantes para procedimientos que pueden marcar la diferencia en la vida de los pacientes.
Fuera del ámbito médico, el material cumple funciones fundamentales en exploración energética. Se utiliza en sondas que permiten localizar pozos petroleros, acuíferos y fallas geológicas, además de intervenir en controles industriales vinculados a la humedad y a la calidad de materiales.
Su circulación está lejos de ser libre. El comercio del californio-252 exige licencias especiales, controles estatales y sistemas de transporte blindados. Incluso mover cantidades microscópicas implica protocolos complejos y costos logísticos elevados, lo que limita su acceso a organismos públicos, laboratorios y empresas con autorización expresa.
Mientras la producción siga concentrada en solo dos centros y sus aplicaciones continúen siendo irremplazables, el californio-252 mantendrá su condición de material más caro del planeta. No por lujo ni ostentación, sino por su rol silencioso en prácticas científicas y técnicas que hoy no tienen alternativa viable.




