El sistema regional de gestión de residuos mueve volúmenes récord en el Valle y la costa, pero los indicadores ambientales y sociales no acompañan. Recupero bajo, microbasurales persistentes y quemas recurrentes exponen una brecha entre lo que el modelo prometía y lo que efectivamente logra.
El sistema de gestión integral de residuos sólidos urbanos que opera en el Valle Inferior del Río Chubut y la costa atlántica procesa cada año decenas de miles de toneladas de basura domiciliaria, provenientes de Trelew, Rawson, Gaiman, Dolavon y Puerto Madryn. Sin embargo, a casi dos décadas de su puesta en marcha, el impacto visible del sistema sigue siendo objeto de discusión: la basura continúa apareciendo en calles, baldíos y accesos urbanos, mientras los incendios y las quemas en zonas de disposición vuelven a repetirse.
El Consorcio GIRSU VIRCh–Valdés informó que durante 2024 se recuperaron 1.630,76 toneladas de material reciclable dentro del sistema. El dato, presentado como un logro operativo, adquiere otra dimensión cuando se lo contrasta con el volumen total procesado en el mismo período: más de 54 millones de kilos de residuos ingresaron a las plantas de Trelew y Puerto Madryn a lo largo del año.
Esa comparación deja al descubierto una brecha estructural: según los propios informes del sistema, el recupero mensual informado oscila entre el 4% y el 6% cuando se lo mide sobre la fracción clasificable. Sin embargo, al contrastar el material recuperado con el total de residuos ingresados al sistema durante 2024, el porcentaje efectivo cae a alrededor del 3%. El resto, la inmensa mayoría, termina como rechazo y es destinado a disposición final. El número no cuestiona la existencia del sistema, pero sí interpela su capacidad real para cumplir con el objetivo central que justifica su creación: reducir el impacto ambiental del descarte urbano. La diferencia entre ambos indicadores no es menor: mientras el primero describe la eficiencia interna del proceso, el segundo refleja el impacto ambiental real del sistema sobre el total de la basura generada. De acuerdo con LA17.
En los informes oficiales del propio Consorcio, el porcentaje de recupero mensual oscila entre el 4% y el 6%, con caídas registradas hacia fin de año. Más allá de la metodología utilizada para el cálculo interno, la evidencia empírica es clara: la recuperación no crece al ritmo del volumen que ingresa, y esa asimetría se refleja fuera de las plantas, en el territorio.

La persistencia de microbasurales en barrios, caminos rurales y accesos a las ciudades es una constante que atraviesa a toda la comarca. Las campañas muy periódicas de limpieza, los operativos especiales y la instalación temporaria de contenedores para voluminosos o residuos electrónicos confirman que el descarte irregular no es un fenómeno marginal, sino una práctica extendida que el sistema no logra desactivar de forma sostenida. Es compromiso contractual que se fomenten y acompañen este tipo de campañas de concientización.
En Trelew, el escenario se agrava con un problema que ya dejó de ser excepcional: las quemas de residuos en el entorno del basurero. El humo visible, los olores persistentes y las alertas sanitarias generadas en distintos episodios exponen un impacto ambiental que va más allá de la estadística y afecta directamente la calidad de vida de la población. Cada incendio, cada columna de humo, funciona como un recordatorio de que el control ambiental sigue siendo una deuda pendiente.
El modelo GIRSU fue concebido para reemplazar los basurales a cielo abierto por un esquema moderno de tratamiento, clasificación y disposición final controlada. Sin embargo, cuando el porcentaje de recupero permanece bajo y el volumen de rechazo domina la ecuación, el relleno sanitario se convierte en el verdadero eje del sistema, desplazando a un segundo plano la lógica de reducción y valorización de residuos.
En ese contexto, la discusión deja de ser municipal y se vuelve estructural. Los municipios cumplen, en mayor o menor medida, con la recolección y los esquemas de separación que el sistema promueve. El problema aparece después: ¿qué ocurre con los residuos una vez que ingresan al circuito GIRSU?, ¿qué metas concretas de recuperación se fijaron y cuáles se alcanzaron?, ¿qué inversión real se destina a educación ambiental, capacitación y concientización sostenida?
La experiencia demuestra que sin separación efectiva en origen, ningún sistema de clasificación posterior puede revertir la mezcla de residuos que llega a planta. Y esa separación no se logra con campañas esporádicas ni con mensajes genéricos, sino con programas permanentes, inversión educativa, presencia territorial y evaluación de resultados, variables que hoy no aparecen claramente reflejadas en los informes públicos.
Otro punto crítico es la trazabilidad del rechazo. Si más del 90% de lo que ingresa termina en disposición final, la sociedad tiene derecho a conocer con precisión cómo se controla ese proceso, qué protocolos existen para prevenir incendios, qué monitoreo ambiental se realiza en el entorno de los predios y qué mecanismos de sanción se activan ante incumplimientos.
El sistema regional permitió ordenar la logística del descarte y centralizar la operación, pero la eficiencia operativa no necesariamente se traduce en eficacia ambiental. La continuidad de microbasurales, las quemas recurrentes y el bajo recupero funcionan como indicadores de una brecha que no puede explicarse únicamente por “malos hábitos sociales”.




