Axel Kicillof y el kirchnerismo no logran saldar sus diferencias, afectando la estrategia opositora en todo el país.
El peronismo bonaerense atraviesa un nuevo pico de tensión que amenaza con dinamitar cualquier intento de construcción opositora sólida a nivel país. Lo que parecía una tregua táctica de dos meses se desmoronó esta semana, dejando expuesta una fractura que muchos dirigentes califican como «una historia interminable» de desconfianza y reproches personales entre el gobernador Axel Kicillof y el núcleo duro que rodea a Cristina Fernández de Kirchner.
El chat de la discordia y el fin de la tregua
El detonante de este nuevo capítulo fue un mensaje de la intendenta de Quilmes, Mayra Mendoza, dirigido al ministro Carlos Bianco en un grupo de chat institucional. Lo que comenzó como un saludo por una intervención quirúrgica derivó rápidamente en un reclamo político por el posicionamiento de Kicillof frente a la figura de la ex vicepresidenta. Este cruce no es un hecho aislado, sino el síntoma de un hartazgo generalizado en la dirigencia, que ve cómo el desgaste interno consume el tiempo que debería dedicarse a consolidar una alternativa al gobierno de Javier Milei.
Desde el sector de La Cámpora, el dolor por lo que perciben como una «traición» de Kicillof sigue latente. Critican que el Gobernador busque diferenciarse en un momento donde Cristina Kirchner se encuentra limitada por su situación judicial. “Sergio Massa confrontó con una Cristina fuerte y en el gobierno. Axel la enfrenta cuando no puede salir de su departamento”, se quejan desde el camporismo, marcando una brecha que parece irreconciliable en términos de lealtad política.
Estrategias contrapuestas hacia 2027
En La Plata, el mensaje es de firmeza: el proyecto presidencial de Kicillof no se detendrá ante el «fuego cruzado». Sus aliados en el Movimiento Derecho al Futuro (MDF) consideran que las críticas de La Cámpora son intentos de condicionar la gestión bonaerense ante la pérdida de peso propio de la organización. Por ello, el mandatario avanza en la construcción de alianzas con gobernadores y dirigentes del interior, intentando esquivar el conflicto directo pero sin ceder a las presiones de las cúpulas cristinistas.
Sin embargo, esta conflictividad bonaerense genera un efecto de rechazo en el peronismo federal. Los gobernadores del PJ miran con preocupación que la «guerra permanente» de Buenos Aires se replique en sus distritos. Un ejemplo de esto es la precandidatura del sanjuanino Sergio Uñac, que muchos interpretan como una ficha movida por el kirchnerismo para contrarrestar el ascenso nacional de Kicillof. «Es difícil pensar un proyecto nacional si hay una guerra en el distrito más importante del país», sinceran legisladores del interior que prefieren mantener distancia de la pelea.
La necesidad de un orden vertical
A pesar del ruido, el status quo se mantiene: Kicillof no romperá formalmente con el cristinismo y el sector de CFK mantiene la puerta abierta a un eventual acuerdo electoral por pura necesidad de supervivencia. La mayoría de los intendentes y referentes coinciden en que solo una reunión cumbre entre el Gobernador y la ex mandataria podría ordenar la base y silenciar las chicanas cruzadas.
Mientras ese encuentro no ocurra, el peronismo se enfrenta al riesgo de llegar al próximo año electoral fragmentado y sin una estrategia de unidad real. La premisa de «juntar todo lo que está enfrente de Milei» choca constantemente con las facturas del pasado y las ambiciones personales, en un laberinto político que, por ahora, no parece tener una salida clara hacia la unidad.




