Sociedad

Orgullo chubutense: quién es investigador reconocido mundialmente por salvar a los pingüinos

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Pablo García Borboroglu estudió en la Universidad Nacional de la Patagonia y su trabajo lleva décadas. Ganó en las últimas horas, un prestigioso premio conocido como el «Nobel» de la conservación animal.

Pablo García Borboroglu tiene 53 años y se convirtió este martes en el primer latinoamericano en ganar el «Premio de Indianápolis», considerado como el «Nobel» de la conservación.

El científico chubutense es por estas horas reconocido mundialmente por su trabajo que comenzó hace varias décadas, luego de que su abuela le transmitiera el amor por los pingüinos.

El abuelo de Pablo emigró desde Grecia a Argentina y se estableció en Comodoro Rivadavia, donde conoció a su esposa y tuvo la conocida heladería Atenas, un ícono de la época.

Vivieron en la ciudad petrolera durante varios años antes de mudarse a Mar del Plata, la ciudad donde nació Pablo.

En una entrevista con ADNSUR en marzo pasado, Pablo recordó que fueron sus abuelos quienes le inculcaron el amor por los pingüinos, especialmente su abuela.

«Ella me contaba historias de cuando iba a ver a los pingüinos, en ese momento no había nada organizado. Ese fue mi primer contacto con los pingüinos. Fue ella quien me conectó con la naturaleza», rememoró con nostalgia.

Hasta los 19 años, el investigador vivió en «La Feliz» (Mar del Plata). Sin embargo, un verano en Trelew cambió todo.

«Mi tío Jorge tenía una agencia de viajes llamada Sur Turismo en Trelew y vine a trabajar allí. Empecé a guiar turismo extranjero. Como quería ser diplomático, sabía un poco de inglés, francés y algo de alemán. Entonces, empecé a aprender mucho sobre fauna y otros temas. En ese momento, había muy pocos guías en francés, así que trabajaba con eso», relató.

En esa época, la conservación era una utopía. Los derrames y la falta de respeto hacia el entorno de los animales eran los principales obstáculos a superar. Pablo recordó esos días y un evento que marcó un punto de inflexión en su camino.

«En los años 80, ocurría que morían 40 mil pingüinos de Magallanes aquí en Chubut debido al petróleo. Era muy común ir a las costas y ver pingüinos. Eso me sorprendió mucho. Yo recogía pingüinos en las playas y los llevaba a un centro de rehabilitación que había creado. Pero algo que me marcó fue el gran derrame de 1991. Murieron 17 mil pingüinos y, junto con algunos compañeros de la facultad, hicimos un convenio con la provincia y fuimos a establecer un centro de rehabilitación en Tombo. Eso atrajo mucha atención de la prensa porque Tombo era casi un desierto», recordó.

En ese entonces, Pablo ya estaba estudiando Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, el lugar que le proporcionó las herramientas para crecer en su carrera profesional.

Sin embargo, eso solo sería el comienzo. Luego realizó un doctorado en la Universidad del Comahue y más tarde un postdoctorado en el Centro Nacional Patagónico, a través de una beca postdoctoral del CONICET (Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina), donde actualmente se desempeña como investigador.

El investigador fundó la Global Penguin Society, que agrupa a un gran número de investigadores y trabaja generando conocimiento para identificar problemas mundiales y buscar soluciones para la preservación de los pingüinos. Con orgullo, afirma que se ha logrado proteger 32 millones de acres, equivalentes a 13 millones de hectáreas, de hábitat utilizado por los pingüinos, lo cual también beneficia a otras especies que coexisten con ellos.

El premio que recibió recientemente reconoce un arduo trabajo de muchos años. «Al conservar a los pingüinos, conservas los ambientes, las especies y brindas fuentes de trabajo genuinas. Es un círculo positivo, porque la conservación beneficia a todos en muchos sentidos», reconoció.

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