A pocos kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, un pequeño pueblo bonaerense se volvió un destino turístico obligado gracias a su tradición gastronómica y a un producto que enamora a grandes y chicos: los churros rellenos.
Crujientes por fuera, suaves por dentro y con rellenos que van desde el clásico dulce de leche hasta la crema pastelera, estos manjares son parte de la identidad cultural argentina y se disfrutan en cada feria, plaza o mate compartido en familia.
Según Crónica, el furor por este clásico dulce llevó a una localidad de la provincia a crear la Fiesta Nacional del Churro, un evento que atrae a miles de visitantes cada año.
El encanto de Villa Iris
El pueblo en cuestión es Villa Iris, una localidad de poco más de tres mil habitantes en el partido de Puan, al suroeste bonaerense. Su entorno rural, la tranquilidad de sus calles y la hospitalidad de sus vecinos lo convierten en un lugar ideal para descansar y escapar del ritmo acelerado de la ciudad.
Ubicada a unos 600 kilómetros de la Capital Federal, se accede a través de la Ruta Nacional 35 y la Ruta Provincial 76, en un recorrido que también conecta con atractivos turísticos como Sierra de la Ventana y Carhué.
La geografía de la zona, dominada por las llanuras pampeanas, ofrece atardeceres abiertos y paisajes de campo que acompañan a quienes buscan turismo rural y experiencias auténticas.
La Fiesta Nacional del Churro
Cada año, Villa Iris se viste de fiesta para celebrar a su producto más característico. La Fiesta Nacional del Churro convoca a familias y turistas en jornadas donde la gastronomía es la gran protagonista.
Durante el evento, los visitantes pueden degustar churros de distintas variedades, recorrer ferias de artesanos, disfrutar de espectáculos musicales y participar de actividades culturales que refuerzan la identidad del pueblo.
El encuentro se consolidó como un referente gastronómico del país, posicionando a Villa Iris como un destino que combina sabor, tradición y descanso en un mismo lugar.
Un pueblo detenido en el tiempo
Más allá de la fiesta, Villa Iris mantiene un encanto único. Con casas bajas, plazas tranquilas y la calidez de sus habitantes, el pueblo ofrece la sensación de que el tiempo avanza más lento, brindando una pausa necesaria frente al ajetreo urbano.
La influencia de los inmigrantes europeos –españoles, italianos y alemanes– se refleja en su arquitectura, en sus comidas típicas y en la vida cultural del lugar, sumando un valor histórico a la experiencia de recorrerlo.
Con su celebración más dulce y un estilo de vida pausado, Villa Iris se ganó un lugar en el mapa turístico argentino, conquistando a todos los que llegan atraídos por sus churros y su tranquilidad.