El interior de Chubut enfrenta una de sus crisis más profundas
El paisaje de la meseta patagónica, históricamente marcado por el trabajo rural y el arraigo familiar, hoy muestra una imagen de desolación: más de 500.000 hectáreas han quedado vacías en el noreste provincial. Este éxodo no es una elección, sino el resultado de un modelo económico que ha llevado a los productores al límite de sus posibilidades.
El fin del arraigo: cuando la tradición no alcanza
Ricardo Irianni, presidente de la Sociedad Rural del Valle del Chubut, puso voz a una realidad angustiante en declaraciones a #LA17. El cierre de más de 50 establecimientos ganaderos no representa un cambio de rubro por comodidad, sino el colapso de familias que llevan tres o cuatro generaciones enfrentando el rigor del clima patagónico. «Nadie cierra un campo porque quiere», afirmó el dirigente, subrayando que la falta de rentabilidad está destruyendo un legado centenario.
Este fenómeno de persianas bajas no es exclusivo del campo; según Irianni, el patrón de retroceso se replica en el comercio y la industria local. Sin embargo, en la inmensidad de la Patagonia, un campo cerrado significa mucho más que una pérdida económica: es un golpe directo a la soberanía territorial y a la identidad cultural de la región.
Caminos olvidados y falta de infraestructura
La crisis no es solo financiera, sino también logística. El mal estado crónico de las rutas dificulta el traslado de la lana y el ganado, disparando los costos de los fletes. A esto se suma una deuda histórica del Estado en servicios básicos: sin acceso a salud, educación y conectividad, las familias jóvenes optan por abandonar la meseta para buscar un futuro en las ciudades costeras.
La comparación con otros sectores es inevitable. Desde el sector rural se observa con malestar cómo otras industrias, como la minería en el norte del país, acceden a regímenes de incentivo y seguridad jurídica que el campo chubutense sigue reclamando sin éxito.
La transición desesperada hacia el vacuno
Ante la inviabilidad de la ganadería ovina, golpeada por inviernos feroces y bajos precios, muchos productores intentaron volcarse a la cría de vacunos. No obstante, esta reconversión técnica es compleja, ya que los campos de la meseta fueron diseñados históricamente para ovejas. Sin reglas claras y una «letra fina» en las inversiones que fomenten el desarrollo regional, cualquier intento de cambio choca contra el mismo muro: la falta de rentabilidad estructural.
El vaciamiento de la meseta deja grandes extensiones de tierra sin vigilancia ni cuidado ambiental, un proceso que, de no mediar incentivos urgentes, amenaza con volverse irreversible para el mapa social de Chubut.




