La memoria colectiva de la Patagonia guarda una de las páginas más difíciles de la salud pública argentina
Lo que en noviembre de 2018 comenzó como una celebración familiar en un salón de eventos de Epuyén, terminó desencadenando el mayor brote de hantavirus registrado en la historia del país. Con un saldo trágico de 12 fallecidos y más de una treintena de infectados, este episodio no solo marcó a fuego a una comunidad de 3.000 habitantes, sino que cambió para siempre la forma en que el mundo entiende la transmisión de la peligrosa cepa «Andes Sur».
La fiesta de 15 que se convirtió en epicentro
El brote tuvo su origen en un cumpleaños multitudinario realizado en el salón Peumayén, al que asistieron más de 100 personas. Pocos días después del evento, los invitados comenzaron a manifestar síntomas graves. La primera víctima fatal fue una adolescente de solo 14 años, cuyo deceso el 3 de diciembre de 2018 encendió las alarmas definitivas. Las investigaciones del Instituto Malbrán confirmaron una sospecha científica inquietante: la transmisión se estaba dando de persona a persona.
El contacto estrecho durante la fiesta fue el factor determinante. El virus se propagó entre quienes compartieron mesas por horas, mediante saludos o proximidad física de menos de un metro. La cadena epidemiológica no se detuvo allí, sino que continuó en otros encuentros sociales y velorios, obligando a las autoridades a tomar medidas drásticas y sin precedentes en la región, como el aislamiento de más de 140 vecinos para frenar la escalada.
El modelo de aislamiento que salvó vidas
Para contener la letalidad de la cepa Andes Sur, que alcanza un 40%, el Ministerio de Salud provincial implementó el Aislamiento Respiratorio Selectivo (ARS). Esta estrategia consistió en obligar a toda persona asintomática que hubiera tenido contacto estrecho con un infectado a permanecer en su hogar y utilizar barbijos de alta eficiencia. La vida en Epuyén quedó suspendida durante 45 días: escuelas cerradas, comercios vacíos y una estigmatización social que afectó profundamente a los pobladores en localidades vecinas.
El operativo fue un éxito técnico, logrando que ningún profesional de la salud resultara contagiado y declarando el fin del brote en marzo de 2019. Sin embargo, las secuelas emocionales y económicas persistieron. Familias como la de Víctor Díaz, señalado inicialmente como el «caso índice», defendieron su inocencia respecto al origen del contagio, el cual nunca pudo determinarse con total certeza, aunque se presume una exposición ambiental durante la recolección de hongos silvestres.
De la tragedia local a referencia internacional
Hoy, la experiencia de Epuyén es estudiada por la Organización Mundial de la Salud y otros organismos internacionales. El reciente brote de hantavirus en el crucero MV Hondius, que también involucra la cepa Andes, ha llevado a las autoridades sanitarias globales a recurrir a los protocolos desarrollados en Chubut para cortar la cadena de transmisión interhumana.
El caso argentino demostró que la combinación de rastreo epidemiológico riguroso, comunicación transparente y aislamiento estricto es la única vía para enfrentar un virus de tan alta mortalidad. Años después, la historia de Epuyén permanece como una guía fundamental para la ciencia y un recordatorio de la fragilidad sanitaria ante las enfermedades emergentes en la naturaleza.
