Una contundente señal de alarma sobre los riesgos del uso desmedido de las nuevas tecnologías encendió el debate científico y educativo.
La creciente dependencia de algoritmos e inteligencia artificial (IA) para resolver tareas cotidianas está afectando de forma directa las capacidades cerebrales, la salud mental y la capacidad crítica, impactando desde las aulas universitarias hasta el desarrollo emocional en los jóvenes.
Los especialistas chubutenses Demian Barry, experto en informática, y Vanina Botta, médica legista y forense, analizaron los severos efectos cognitivos y psíquicos provocados por el reemplazo del pensamiento propio y el uso desmedido de pantallas.
«La IA no crea conocimiento»: el riesgo de adorar un falso Dios digital
Barry remarcó que la tecnología no posee autonomía intelectual, sino que elabora una aproximación probabilística basada en datos existentes producidos por la humanidad. «La IA no crea conocimiento, sintetiza el que ya existe», puntualizó, advirtiendo sobre el grave peligro de otorgarle una autoridad absoluta o supremática, un fenómeno preocupante que ya observa en el ámbito académico.
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Pérdida de funciones cerebrales: Cuando las personas delegan sus tareas intelectuales, las funciones no ejercitadas sufren un paulatino deterioro.
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El colapso de la información: Si los modelos se alimentan solo de contenidos creados por otras IA y los humanos dejan de generar saberes originales, se cortará la diversidad y la calidad del conocimiento global.
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Mirada crítica imprescindible: El informático enfatizó que estas herramientas deben estar gobernadas por el ser humano para asistencia, sin desplazar el razonamiento propio.
La caída del coeficiente intelectual y la alerta por dopamina
Desde la perspectiva médica, Botta alertó sobre el impacto del scroll continuo en dispositivos electrónicos. La navegación incesante genera hiperliberación de dopamina, provocando que los estímulos cotidianos parezcan aburridos y manteniendo sobreactivada la amígdala cerebral, lo que sumerge a la población en un estado permanente de estrés y ansiedad por el miedo a perderse algo.
Esta dinámica resulta hipernociva en la adolescencia, etapa en la que las redes sociales incrementan las presiones estéticas y de aceptación. Asimismo, la profesional advirtió sobre la reversión del «efecto Flynn», la teoría que sostenía que cada generación superaba en inteligencia a la anterior: por primera vez en la historia, los registros muestran un retroceso en el coeficiente intelectual atribuido al uso de pantallas. Ante esto, la especialista impulsó la regulación de las aplicaciones y el regreso a la lectura en libros de papel para fortalecer la concentración.
