El cielo patagónico fue testigo de una de las historias de supervivencia y resiliencia más impactantes de los últimos tiempos.
Tras haber burlado a la muerte de forma milagrosa en una tragedia aérea que le dejó marcas imborrables en el cuerpo y el alma, el piloto Leonard Ibáñez logró completar una hazaña personal conmovedora: vencer al trauma y reencontrarse con su gran pasión en la cabina de un avión.
Un aterrizaje de emergencia en Puerto Pirámides y meses al borde de la muerte
El drama se desencadenó el domingo 22 de abril de 2018. En pleno vuelo junto a otros tres tripulantes, un voraz fuego se desató en la cabina de la aeronave, obligando a Ibáñez a ejecutar una maniobra desesperada para tocar tierra en una playa cercana a Puerto Pirámides, en las inmediaciones de la estancia La Adela. En medio del infierno de llamas, Leonard demostró un heroísmo extraordinario al rescatar a uno de sus compañeros. Ambos lograron salir caminando del fuselaje, aunque con lesiones de extrema gravedad que obligaron a un traslado de urgencia al hospital.
Tras la primera atención médica, fue derivado a la Ciudad de Buenos Aires para iniciar un largo calvario. El aviador permaneció internado casi un año, sufriendo quemaduras en el 40% de su cuerpo y permaneciendo seis meses con riesgo de vida firme debido a constantes complicaciones médicas. «Primero estuve tres meses dormido, entonces hay mucho que me lo contaron, cosas que me acuerdo y demás», reveló al reconstruir la gravedad del cuadro. Sin embargo, su inquebrantable fe y las ganas de vivir le permitieron superar la crisis.
De trabajar con drones en Balcarce a la reconquista de los cielos con la ANAC
Lejos de guardar rencores o resentimiento —sabiendo que pudo haber sido una víctima fatal y expresando un profundo respeto por las familias que perdieron seres queridos en aquel siniestro—, Ibáñez decidió darle tiempo al cuerpo y a la mente. Actualmente reside en Balcarce, Provincia de Buenos Aires, donde se desempeña como gerente de una firma de drones desde hace dos años gracias al nexo con un amigo de la aeronáutica, manteniéndose siempre ligado al ambiente aéreo.
El camino de regreso a la aviación formal se dio de manera paulatina y respetando todos los protocolos oficiales: aprobó el examen psicofísico exigido por la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) y acordó realizar un programa de readaptación de 20 horas de vuelo junto a un instructor en el aeroclub local. Tras su primera salida la semana previa y realizar su segundo vuelo al momento del informe, Ibáñez resumió la enorme carga emotiva del regreso: «Una sensación de felicidad, de libertad, de un reencuentro con la máquina, pero también con lo que se siente, lo que te transmite el vuelo», concluyó el piloto que volvió a mirar al cielo triunfante.
