Irán atraviesa su decimoquinto día de aislamiento tecnológico casi absoluto
El régimen teocrático mantiene un bloqueo férreo sobre la red desde el pasado 8 de enero, una medida drástica que coincide con el estallido de protestas sociales en las principales ciudades. Mientras las organizaciones internacionales denuncian un intento deliberado por ocultar la violencia estatal, la economía local comienza a mostrar signos de parálisis Terminal.
Un muro digital para silenciar las calles
El apagón no es una falla técnica, sino una decisión política. Según reportes de la organización NetBlocks, la conectividad nacional se mantiene en niveles mínimos, permitiendo únicamente el acceso a una red interna controlada por el Estado. Este sistema de «listas blancas» restringe la navegación solo a sitios aprobados, impidiendo que el mundo vea lo que sucede en el territorio iraní.
Esta táctica busca, primordialmente, frenar la difusión de videos que muestran el accionar de las fuerzas de seguridad. Según Radio3, el flujo de información ha sido cercenado para dificultar la verificación independiente de las violaciones a los derechos humanos que ocurren en medio de las movilizaciones.
El costo humano y las cifras en disputa
La opacidad informativa ha generado una guerra de datos respecto a las víctimas. Esta semana, el régimen rompió el silencio con un balance oficial de 3.117 fallecidos, aunque atribuyó gran parte de las bajas a sus propias filas y a civiles ajenos a los incidentes. Sin embargo, diversos organismos de derechos humanos desmienten esta versión, asegurando que la mayoría de las muertes fueron provocadas por disparos directos contra manifestantes y que la cifra real es significativamente superior.
Las protestas, que inicialmente fueron motivadas por la devaluación del rial y el malestar de los comerciantes, mutaron rápidamente en reclamos políticos directos contra la República Islámica, alcanzando su punto de mayor tensión entre el 8 y el 9 de enero.
Economía en jaque y futuro incierto
Más allá de la censura política, el impacto cotidiano es devastador. Millones de ciudadanos que dependen de plataformas como Instagram para el comercio informal han visto desaparecer sus ingresos de la noche a la mañana. Los sistemas de pago fallan, los pedidos en línea se han desplomado y la geolocalización por GPS presenta intermitencias que complican el transporte en Teherán.
A pesar de que el Ministerio del Interior iraní reconoció la parálisis de la actividad económica, no hay una fecha prevista para el restablecimiento del servicio. El país permanece en un limbo digital, desconectado del mundo y bajo una vigilancia extrema.




