Restauración post fuego: el desafío de recuperar los bosques de Chubut.
La devastación que dejan los incendios forestales en la cordillera no termina cuando se apagan las llamas. En ese momento, comienza un proceso de recuperación que se mide en décadas y que requiere una comprensión profunda del ecosistema patagónico. Teresa Schinelli, técnica forestal del INTA Esquel y especialista en fertilidad de suelos, advirtió que la pérdida del bosque es mucho más que una tragedia estética; es la destrucción de un sistema que garantiza la pureza del agua y la estabilidad de la tierra.
La experta explicó que la vegetación actúa como una esponja que filtra la lluvia hacia las napas. Sin esta cobertura, el riesgo de erosión en las montañas chubutenses se dispara. Según Canal 4 Esquel, la ausencia de raíces firmes provoca que el agua baje turbia y cargada de minerales, lo que puede volverla no apta para el consumo humano, un problema que Schinelli considera «casi más grave que no tener paisaje».
La prioridad absoluta: proteger el suelo herido
Uno de los errores más comunes tras un siniestro es la urgencia por reforestar de inmediato. Sin embargo, la especialista del INTA señala que tras un incendio severo, el suelo se convierte en un polvo inestable sin materia orgánica ni estructura. “No hay que salir corriendo a plantar apenas empieza el otoño. Hay sectores donde la ceniza ni siquiera se puede agarrar con la mano, y ahí ninguna raíz puede establecerse”, detalló.
Además, Schinelli fue contundente sobre el manejo de la madera muerta: no es recomendable retirar los troncos y ramas quemadas. Este material remanente cumple funciones vitales al disminuir el impacto de la lluvia, frenar el viento y generar micrositios de sombra que conservan la humedad necesaria para que la vida vuelva a brotar.
¿Qué especies pueden volver y cuáles corren peligro?
La dinámica de recuperación depende directamente de la especie afectada. Schinelli diferenció entre aquellas que tienen capacidad de rebrote y aquellas que dependen exclusivamente de la semilla para reaparecer:
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Especies que rebrotan: El Ñire, Radal, Maqui, Calafate, Maitén y Pañil tienen mayores posibilidades de supervivencia tras el paso del fuego.
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Especies que dependen de semillas: La Lenga, el Coihue y el Ciprés son mucho más vulnerables. “Si en una gran superficie se quemaron todos los árboles semilleros, esa especie probablemente no vuelva nunca a ese lugar”, advirtió la técnica.
Esta distinción es clave para entender por qué la reforestación masiva no es una solución mágica. Tomando como ejemplo el incendio de Cholila en 2015, Schinelli recordó que allí se realizaron intervenciones estratégicas en cabeceras de cuencas y márgenes de arroyos, pero no una restauración total del bosque original.
Un camino que llevará tres generaciones
La recuperación de un bosque andino-patagónico es un proceso que excede la vida humana promedio. Según Schinelli, el ecosistema volverá a su estado previo recién después de tres o más generaciones. En áreas protegidas o parques nacionales, lo más probable es que no haya intervención humana y se deje todo en manos de la naturaleza.
Finalmente, la especialista instó a la comunidad a canalizar el deseo de ayudar a través de instituciones técnicas. “La energía de querer hacer algo es valiosa, pero si no se hace bien puede generar frustración”, concluyó, remarcando que cualquier acción debe estar basada en información y planificación científica para evitar daños mayores al suelo ya debilitado.




