Cuando terminé de escribir Las Blaquier, la historia no terminó para mí
Había demasiadas cosas que habían quedado afuera. Información que no entraba en los expedientes, testimonios, relatos de fuentes cercanas a la Escuela Argentina de Yoga y a Carlos Pedro Blaquier. Una zona mucho más difícil de contar: la de los vínculos, la intimidad, la manipulación y el poder.
De ahí nació Nadie dice mi nombre.
Después de años trabajando como periodista de investigación entendí que había historias a las que el periodismo podía acercarse, pero no necesariamente entrar. La ficción me permitió hacer algo diferente: tomar elementos de una realidad que investigué durante mucho tiempo y construir con ellos una novela dialogada.
El personaje central es Carlos Pedro Blaquier. Conservé características reconocibles de su personalidad, aspectos de su historia y del universo de poder al que perteneció, pero lo coloqué dentro de una ficción construida alrededor de un conflicto que tiene un punto de partida real: su vínculo con una de las mujeres que pasó por la Escuela Argentina de Yoga.
A partir de allí comienza otra historia.
Nadie dice mi nombre habla de trata y explotación, pero sobre todo de los mecanismos que hacen posible que una persona termine sometida sin necesidad de que haya una cadena atada a su cuerpo. Habla de manipulación espiritual, dependencia emocional, obediencia y dinero. De mujeres entrenadas para seducir, vincularse con hombres con recursos y conseguir que ese dinero terminara alimentando una estructura.
Me interesaba especialmente contar esa zona porque rompe con una imagen muy instalada sobre la trata de personas. La explotación no siempre ocurre en un prostíbulo ni tiene el aspecto que imaginamos. Puede suceder en un departamento elegante, detrás de un discurso espiritual, entre personas educadas, poderosas y aparentemente libres.
Y ahí aparece también Blaquier.
Un hombre inmensamente poderoso frente a una mujer mucho más joven formada dentro de una organización que condicionaba sus vínculos, sus decisiones y hasta la manera de entender su propio cuerpo. Entre ellos construí una relación desigual, obsesiva y patológica donde por momentos resulta difícil distinguir quién utiliza a quién. Porque el poder tampoco circula siempre en una sola dirección.
La ficción me permitió entrar justamente ahí: donde los documentos se terminan.
Quise imaginar qué pasa cuando se cierra la puerta. Qué se dicen dos personas atravesadas por el deseo, el dinero, la necesidad, la manipulación y una diferencia brutal de poder. Qué queda de una mujer después de años de aprender que su cuerpo puede ser una herramienta para conseguir algo de otro.
Por eso Nadie dice mi nombre no es una continuación de Las Blaquier. Es, de algún modo, su reverso. Las Blaquier investigaba una trama de poder desde afuera. Esta novela intenta meterse adentro.
