Bancos, turnos médicos y aplicaciones exigen el uso del celular y la especialista Magda Casarosa advierte sobre el edadismo.
En una era donde la acelerada digitalización pretende simplificar la vida cotidiana, una porción sustancial de los adultos mayores enfrenta crecientes barreras que condicionan gravemente su autonomía personal y restringen su libre acceso a servicios esenciales.
Tecnología y adultos mayores: el desafío de una sociedad que no siempre los incluye
En la provincia del Chubut, esta problemática se refleja diariamente en los testimonios desgarradores de jubilados que solicitan ayuda para gestiones bancarias o turnos médicos, las demandas de centros de jubilados por atención presencial y el esfuerzo de jóvenes que dedican tiempo a capacitarlos.
El escenario expone un debate de fondo: si la dificultad radica en una imposibilidad de adaptación por la edad o en el diseño de sistemas expulsivos que no contemplan condiciones de inclusión real.
La psicogerontóloga Magda Casarosa (MP 505) alertó sobre los peligros del edadismo, la tendencia a estigmatizar y atribuir falsamente a la edad biológica los obstáculos frente a la innovación tecnológica. La profesional enfatizó que «la capacidad de aprendizaje está a lo largo de toda la vida» y remarcó que el verdadero déficit responde a las condiciones sociales y a la falta de paciencia para garantizar procesos educativos al ritmo de cada persona.
Asimismo, Casarosa cuestionó duramente que las herramientas digitales hayan pasado de ser facilitadoras a transformarse en la única vía obligatoria para tramitar prestaciones básicas de salud o cobro de haberes, vulnerando la independencia de los adultos mayores al no ofrecer alternativas accesibles.
Testimonios de la calle, pérdida de presencialidad y el reto de una verdadera inclusión
El impacto del apuro tecnológico queda en evidencia en el plano cotidiano. En recorridas de consulta pública, diversos jubilados chubutenses detallaron sus vivencias: mientras algunos valoran la posibilidad de evitar filas en entidades financieras, la mayoría admite una fuerte dependencia hacia familiares o jóvenes para resolver gestiones informáticas básicas.
«Nuestros hijos nos hacen todo», relató una de las entrevistadas, mientras que otra usuaria expuso las complicaciones experimentadas tras días de intentos fallidos ante la actualización de plataformas bancarias. Además, los beneficiarios coincidieron en cuestionar el arrastre de medidas surgidas durante la pandemia: «Hay muchas cosas que por el COVID se aprovecharon. Ahora todo tenés que sacar, meterte en una aplicación, y cuesta», protestaron, exigiendo el retorno de ventanillas de atención personal.
Frente a esta heterogénea y compleja realidad, los especialistas concluyen que el avance de la modernización no debe traducirse en un esquema segregatorio. La inclusión digital genuina no puede quedar supeditada de manera exclusiva al auxilio de un familiar, la empatía aleatoria de un empleado de turno o la burocracia de traslados físicos.
El desafío imperativo para las instituciones públicas y privadas consiste en rediseñar un entorno donde la tecnología funcione como un instrumento dinamizador de la autonomía individual y no como una nueva e injusta forma de marginación social.
