La consagración de Boca Juniors en la Liga 2026 tuvo un epicentro emocional ineludible en la figura de Leandro Paredes.
A 18 meses de haber concretado su anhelado retorno a Brandsen 805, el mediocampista central no solo se consolidó como el motor futbolístico del equipo dentro del campo de juego, sino que asumió la capitanía y el liderazgo espiritual de un plantel que logró sobreponerse a los turbulentos inicios de la temporada.
La vuelta olímpica en La Bombonera representó la culminación de un ciclo de reconstrucción institucional y deportiva que tuvo al volante de 32 años como su máxima bandera.
«Ya no tengo palabras para describir lo que estoy sintiendo. Es un sueño para mí. Me había tocado ganar en mi primera etapa, pero no había sido protagonista como este año. Soñé toda mi carrera con volver y ser campeón con mi familia y mis hijos mirándome», confesó con la voz quebrada en zona mixta, mientras sostenía el trofeo que tanto había anhelado desde su etapa en el fútbol europeo.
El duro camino de la autocrítica y la llegada providencial de Rodolfo Arruabarrena
El camino hacia la gloria estuvo sembrado de obstáculos y momentos de extrema tensión futbolística. El ciclo anual acumuló turbulencias profundas, destacándose un doloroso registro de cuatro eliminaciones en condición de local frente a rivales directos —incluyendo el golpe de la Copa Libertadores— que pusieron contra las cuerdas al cuerpo técnico y a la dirigencia. En medio de ese escenario adverso, fue el propio Paredes quien asumió la responsabilidad pública tras los tropiezos, marcando un punto de inflexión con una autocrítica implacable que resonó en todo el vestuario: «Somos todos conscientes de que hay que mejorar y crecer. Así no podemos cumplir lo que queremos», había advertido meses atrás.
Ese golpe de timón interno encontró el respaldo táctico y anímico necesario con la asunción de Rodolfo Arruabarrena al frente del primer equipo. La llegada del «Vasco» reordenó las piezas y devolvió la brújula institucional a un plantel golpeado. El propio capitán reconoció públicamente la incidencia del entrenador en la levantada general: «El Vasco fue muy importante, porque es alguien que conoce muy bien el club, que ha ganado cosas, que nos inculcó cómo jugar con esta camiseta y nos dio el tipo de consejos que necesitábamos para enderezar el rumbo».
El «efecto Paredes» y el desafío físico de sostener la exigencia hasta el final
Más allá de la pizarra táctica, la consagración de Boca se explica a través del rigor competitivo que el mediocampista instauró en el día a día del predio de Ezeiza. Lo que puertas adentro denominan el «efecto Paredes» se tradujo en un contagio generalizado de entrega absoluta: el capitán llegó a disputar partidos decisivos desgarrado, un nivel de compromiso extremo que impulsó a compañeros como Tomás Aranda, Tomás Belmonte y Adam Bareiro a recortar plazos médicos y acelerar sus respectivas recuperaciones físicas para estar presentes en la recta final del campeonato.
Con una campaña personal que registró 40 partidos disputados, 4 goles y 6 asistencias, el desgaste acumulado comenzó a pasar factura en el cierre del calendario oficial. Sin embargo, lejos de especular con los minutos, el referente xeneize ratificó su entrega total de cara a los próximos compromisos internacionales: «Estoy llegando con lo justo al final del año, es normal porque hay tantos partidos y competiciones… pero trataré de dar hasta lo que no tengo para darle más alegrías a la gente». Con la cinta en el brazo, la aprobación absoluta de los juveniles y la Bombonera rendida a sus pies, Paredes transformó su sueño de hincha en la piedra basal del nuevo ciclo dorado del club.
