La historia de Sergio «Tachi» Paz comenzó con el ritmo improvisado de las latas en los rincones de Rosario y terminó con un salto al vacío desde el Monumento a la Bandera
Su vida, marcada por el frío de Malvinas y el olvido de la posguerra, refleja la herida abierta de cientos de veteranos que regresaron de las islas para enfrentarse a una batalla mucho más silenciosa y cruel: la indiferencia de su propia sociedad.
De la artillería en Malvinas al silencio de la posguerra
A los quince años, impulsado quizás por el horizonte del Paraná, Sergio se alistó en la Armada. A los veinte, ya como cabo artillero, cambió sus instrumentos musicales por un fusil y pasó su cumpleaños número 21 entre el barro, las balas y el clima hostil de las Islas Malvinas. Cumplió con su deber, sobrevivió al conflicto y regresó al continente, pero la guerra se quedó instalada en su interior.
Las estadísticas oficiales hablan de 649 argentinos caídos en combate, pero existe una cifra que circula por lo bajo y que duele tanto como la primera: los cerca de 400 excombatientes que se quitaron la vida tras el fin de las hostilidades. Para el «Tachi», el regreso no fue el fin del conflicto, sino el inicio de un proceso de «desmalvinización» donde los héroes eran vistos como recordatorios incómodos de una derrota que el país prefería ignorar.
El salto final en el Monumento a la Bandera
Durante la década de los noventa, mientras el país se sumergía en el espejismo de la convertibilidad y el consumo, Sergio Paz caminaba las calles de Rosario buscando un empleo que nunca llegaba. Para el sistema productivo de aquel entonces, un veterano era casi un «enfermo contagioso». Ni la fe ni los cultos lograron acallar el estruendo de las bombas que seguían resonando en su cabeza cada noche.
El 22 de noviembre de 1999, tras dejar sus pertenencias ordenadas, el «Tachi» subió los 23 pisos del Monumento a la Bandera. Desde lo más alto, miró por última vez el río de su infancia y saltó. Cuando lo encontraron cerca de la efigie de la Patria Abanderada, su mano derecha guardaba un último tesoro: apretaba con fuerza la fotografía de sus hijos. Su partida dejó en evidencia que, para muchos, la guerra nunca terminó.




