El 18 de abril de 1978, la Patagonia fue testigo de un hito que reconfiguró su mapa energético y geográfico.
Hoy, a casi cinco décadas de aquel día, el Complejo Hidroeléctrico Futaleufú vuelve a situarse en el ojo de la tormenta política y económica, con el vencimiento de su concesión en el horizonte de 2026.
El día que la naturaleza y el ingenio «se dieron la mano»

La inauguración no fue un evento menor. Bajo el mando del gobierno de facto de Jorge Rafael Videla, el país se paralizó para escuchar, por cadena nacional, al locutor Juan Vicente Mentesana. Sus palabras describían una escena casi lírica para una obra de ingeniería civil sin precedentes:
“Enclavado entre los cerros del Parque Nacional Los Alerces, rodeados de una extraordinaria belleza, el ingenio humano y la naturaleza se dieron la mano para engrandecer el espectáculo de éste hermoso rincón de nuestra Patria”.
Para el gobierno de la época, el proyecto no era solo cemento y turbinas, sino una demostración de soberanía tecnológica. El locutor enfatizaba la magnitud del recurso: «Majestuosos picos, con restos de nieves eternas, contemplan en silencio esta magnífica obra cuya finalidad es extraer los kilovatios de energía eléctrica, almacenados en las aguas de los catorce lagos de la cuenca de Futaleufú».
Amutui Quimey: El costo de la «belleza perdida»
Sin embargo, el progreso tuvo un precio ecológico y visual. El nacimiento del embalse implicó la inundación de valles enteros y bosques milenarios. El nombre elegido para el lago artificial, Amutui Quimey, guarda una ironía melancólica: en lengua mapuche significa “belleza perdida”, un recordatorio silencioso de los paisajes que quedaron sepultados bajo el agua para siempre.
El objetivo estratégico era claro: alimentar la producción de aluminio de la planta ALUAR en Puerto Madryn y, con el excedente, robustecer el sistema eléctrico público.
El pulso de la época: ¿Qué decían los vecinos?
En 1978, el Diario Esquel registró el optimismo de una comunidad que veía en la represa una promesa de modernidad. Las voces de aquel entonces reflejaban un orgullo nacionalista:
Alfredo Mohana (Cámara de Comercio): “Es un orgullo para los argentinos una obra de tanta importancia”.
Marta de Campos (Docente): “Es una obra de ingeniería que ha puesto a prueba el avance tecnológico argentino”.
Domingo Guzmán (Obrero): “Como argentinos nos tendríamos que sentir todos orgullosos porque traerá más energía”.
Incluso el entonces intendente, Juan Manuel Baenas, proyectaba un cambio de paradigma económico: la obra permitiría al país «pasar a ser de un país importador a un país exportador» de metales fundamentales como el aluminio.
Una visión a largo plazo frente al agotamiento fósil
La justificación técnica de la obra residía en la transición energética, un debate que ya existía hace 48 años. El entonces secretario de Energía, Daniel Brunella, defendía la inversión hídrica como la única salida ante el fin de los hidrocarburos:
“El país tiene muchos recursos hídricos… es uno de los medios más idóneos para evitar la utilización de combustibles fósiles, que algún día se van a terminar”.
2026: El nuevo tablero estratégico
A día de hoy, la vigencia de Futaleufú es indiscutible, pero su modelo de gestión está en jaque. Con la prórroga de la concesión extendida hasta 2026, se ha abierto un debate intenso sobre quién debe manejar este recurso vital.
¿Debe volver al control estatal o provincial? ¿Es viable la continuidad privada? La decisión que se tome en los próximos meses no solo marcará el destino de la represa, sino que definirá el modelo de desarrollo para toda la Patagonia en las décadas por venir. Lo que comenzó como un proyecto de un gobierno de facto, hoy busca su lugar en una Argentina que reclama beneficios locales y soberanía sobre sus recursos naturales.




