En un movimiento para imprimir máxima celeridad política, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, remitió formalmente este lunes al Congreso Nacional el acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea (UE).
Según informó la agencia internacional Deutsche Welle (DW), el envío coincidió con el primer día de sesiones legislativas del año, un gesto con el que el gobierno brasileño busca que el Parlamento «no mida esfuerzos» para ratificar el tratado «en el menor plazo posible».
El acuerdo, firmado el pasado 17 de enero en Asunción, debe ser ratificado por al menos un país del Mercosur y por la UE para entrar en vigor. Lula destacó que el pacto abre «un nuevo ciclo de oportunidades» para las empresas brasileñas, fortaleciendo la competitividad, ampliando las exportaciones y atrayendo inversiones sostenibles. Sin embargo, su tramitación enfrenta un escollo clave: en Europa, el tratado está frenado en la justicia comunitaria.
Una carrera contra reloj en el Congreso brasileño
El presidente Lula envió un mensaje escrito directo a los legisladores, expresando su confianza en que obtendrán el respaldo parlamentario necesario. La estrategia es clara: Brasil quiere ser el primer país del Mercosur en completar la ratificación interna, dando una señal política contundente a Bruselas y presionando para que la UE avance.
El presidente de la Cámara de Diputados, Hugo Motta, alineado con el gobierno, ya prometió durante una sesión solemne una «tramitación rápida». La prioridad en la agenda legislativa brasileña es evidente. Una rápida aprobación por parte del Congreso de Brasil pondría el foco y la presión sobre las instituciones europeas, que hasta ahora han mostrado mayor lentitud y reticencias.
El obstáculo europeo: el freno judicial y la posibilidad de aplicación provisional
Mientras Brasil acelera, el camino en Europa es más complejo. El principal problema es que el Parlamento Europeo no puede ratificar el acuerdo hasta que se pronuncie el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), ante el cual el tratado ha sido impugnado. Este proceso judicial podría demorar meses, si no años, manteniendo el pacto en un limbo legal.
No obstante, existe una alternativa. Legalmente, la Comisión Europea podría decidir empezar a aplicar el acuerdo de forma provisional sin esperar la ratificación del Parlamento Europeo. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, ha instado al Ejecutivo comunitario a tomar esta vía una vez que algún socio del Mercosur (como Brasil) lo haya ratificado, recordando que los 27 estados miembros ya dieron su visto bueno político.
Un tratado con enormes implicancias económicas y geopolíticas
El acuerdo Mercosur-UE es uno de los pactos comerciales más ambiciosos del mundo. Busca crear un mercado integrado de cerca de 800 millones de consumidores, eliminando aranceles para la inmensa mayoría de los productos y estableciendo reglas comunes en áreas como servicios, compras públicas, propiedad intelectual y desarrollo sostenible.
Para Lula y los líderes del Mercosur, la ratificación es un objetivo geopolítico central. Representa una oportunidad de diversificar mercados y reducir la dependencia comercial de China y Estados Unidos, al tiempo que refuerza los lazos políticos con Europa. Para la UE, es una puerta de entrada privilegiada a los mercados sudamericanos y una forma de asegurar estándares ambientales y laborales en sus intercambios.
La pelota está en la cancha de la Comisión Europea
Con el movimiento de Lula, Brasil toma la iniciativa. Si su Congreso aprueba el acuerdo rápidamente, como se espera, la pelota quedará definitivamente en la cancha de la Comisión Europea en Bruselas. La pregunta será si la presidenta Ursula von der Leyen y su equipo se animan a activar la «aplicación provisional», sorteando el bloqueo del Parlamento Europeo y asumiendo el riesgo político que eso conlleva, especialmente de parte de sectores agrícolas y ambientalistas críticos.
El tiempo dirá si la urgencia de Brasilia logra contagiar a Bruselas. Por ahora, el acuerdo comercial más esperado de las últimas décadas avanza a dos velocidades: a toda marcha en Brasil, y a paso lento, entrampado en tribunales, en Europa. La ratificación brasileña podría ser el empujón definitivo que necesita.




