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Mundos íntimos. Soy hipoacúsico, me operé para oír bien a mi hija y quedé mal. Pero el problema me hizo más fuerte

3 septiembre, 2017
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En Trelew. Adrián, con sus hijos Valentina y Maximiliano. Ahora está pensando en realizarse un implante coclear. Foto: Daniel Feldman

¿Cómo reaccionamos cuando algo sale distinto a lo que esperábamos? El autor cuenta que siempre hay que buscar nuevas alternativas y no quedarse en el lamento por lo que no fue.

Al salir de la operación escuchaba bien. Volví a mi casa después de un par de días de internación en los que ni los ojos cerrados me salvaban de que todo me diera vueltas y, con la oreja izquierda cubierta por una venda, me senté frente al televisor. “¿Escuchás lo que dicen?”, me preguntó mi hermana que, como el resto de mi familia, había ido a visitarme con gran expectativa. “Sí, lo escucho perfecto”, le respondí. “Qué bueno, porque el volumen está re bajo” me dijo.

Cuando mi esposa, Natalia, quedó embarazada de Valentina, que ya tiene 9 años, tomé una decisión: ir a una nutricionista para reducir los 101,8 kilos que había llegado a marcar la balanza con mis escasos 168 centímetros de altura. Y unos meses antes de que naciera tomé otra: operarme para oír mejor. Quería que mi hija no me conociera tan gordo, y poder escuchar lo mejor posible sus llantos, quejidos o lo que fuera, sobre todo por las noches.

Corría el año 2007 y el resultado de la primera decisión fue bueno: en poco tiempo bajé 10 kilos, que nunca hasta ahora llegué a recuperar del todo. La segunda decisión se parecía a la anterior en algún sentido: pensaba que con mi voluntad y con el médico, que me atendía desde hacía años, el éxito estaba asegurado.

Los que percibieron los primeros indicios de mi problema de audición fueron mis padres, por lo que a los 14 años me llevaron a hacerme mi primera audiometría. Un poco antes de ese estudio, tengo la imagen nítida de mi viejo preguntándome si escuchaba lo que estaba diciendo alguien desde el televisor, ubicado a algunos metros y en un ángulo demasiado cerrado como para que lo viera claramente. Le dije que sí, que escuchaba, y hasta le repetí algo que habían dicho. Pero fue con una pequeña trampa: aprovechando una distracción de mi viejo, había mirado la pantalla del televisor.

Aquella primera audiometría no dio perfecta, pero tampoco era para alarmarse. Mi vida en Trelew siguió con total normalidad. Pero tres años después, en los exámenes médicos que me hice antes de irme a estudiar a Buenos Aires, una nueva audiometría detectó una disminución un poco más evidente y alcanzó para que me diagnosticaran algo cuyo nombre ahí, a los 18, conocí: otoesclerosis, una especie de miopía de oído que consiste en la osificación del estribo, uno de los tres huesos del oído medio. Tiene dos orígenes posibles: uno genético y el otro, alguna otitis mal curada. De lo primero nunca recogí demasiadas evidencias. Y lo segundo siempre estuvo descartado. El médico dijo que lo mejor era operarme. Pero también, y fue a lo que le presté más atención, que de ahí en adelante debía cuidarme mucho, demasiado para mi gusto.

De chiquito. Adrián (izq.), con su hermano, cuando el Scalextric lo era todo. Unos años después empezó a ir al otorrinolaringólogo.

Pero había otro motivo por el cual no me convencía el hecho de operarme, pese a la incertidumbre acerca de si estaba haciendo o no lo correcto. No lo consideraba imprescindible: llevaba una vida normal, con un nivel de audición que no me impedía hacer nada de lo que hacía. Y tampoco me había impedido antes estudiar inglés en un instituto durante ocho años, jugar al básquet, e incursionar esporádicamente en otras actividades con el sello de los caprichos infantiles, como aikido y guitarra.

“No quiero hacerlo”, les planteé a mis padres el día anterior a la operación, con todo ya preparado. “Bueno, es una decisión tuya y nosotros te apoyamos. Pero llamalo vos al médico y explicale”, me dijeron, más o menos con esas palabras. Entonces marqué el número, el médico me atendió y me entendió. Pero me dijo que era importante que me hiciera controles periódicos, y que tal vez en algún momento necesitaría medicación.

Así, sin ese peso encima, me fui a estudiar a la universidad. La carrera que elegí fue, casi como un desafío a mis oídos, Comunicación Social. El CBC y luego la carrera en la UBA fluyeron sin inconvenientes vinculados a mi problema, al que durante buena parte de mi estadía me dediqué a controlar con visitas periódicas a la clínica de un especialista que era una eminencia en la materia, y al que llegué por recomendación de mi médico de Trelew. Allí me hice las audiometrías que me prescribían y que mostraban que la enfermedad progresaba. Aunque no me complicaba la convivencia ni social ni familiar, era evidente que escuchaba menos con el correr de los años, pese a mi juventud. “Cuando usted me revisa, ¿se ve algo?” le pregunté una vez al especialista. “No, pero es como una manzana podrida. Por fuera se ve perfecta, pero por dentro…”, me graficó, con un tono casi desentendido y como si esa idea fuera fácil de olvidar.

Para ese entonces, hacía un tiempo que había comenzado a tomar medicación para evitar el avance de la otoesclerosis. Las pastillas de fluoruro de sodio, a decir verdad, nunca mostraron una gran eficacia. Y cuando un cálculo en un riñón me obligó a visitar un quirófano del Hospital Italiano, ante las sospechas de que la medicación pudo haber sido la causante, dejé de tomarla.

Aunque el problema de audición existía, mi vida seguía siendo normal. Me gradué de licenciado en Comunicación Social a fines del año 2003. Y una oferta laboral concreta en Trelew hizo que volviera a mi ciudad natal.

La otoesclerosis fue, desde mi regreso a Trelew, algo siempre presente, pero no demasiado limitante. Incluso, a principios de 2004 había comenzado a trabajar como redactor en uno de los principales diarios de Chubut, donde ascendí de manera rápida: un mes antes de cumplir 29 años, me convertí en Jefe de Redacción.

A principios de 2006 conocí a Natalia. Cuando había transcurrido poco más de un año de noviazgo, un análisis confirmó que llegaría Valentina, cuyo nombre ya estaba elegido de antemano en esas conversaciones que suelen entablar los novios aunque piensen que el futuro está lejos. La sorpresa fue para mí una motivación casi inmediata: ahí pedí turno con la nutricionista y empecé a pensar en la posibilidad de operarme del oído.

Mientras el embarazo avanzaba sin complicaciones y la dieta daba resultados rápidamente, pedí turno con el médico que me había diagnosticado la enfermedad más de diez años antes. Después de una serie de estudios, me dio la fecha y me dijo, puro optimismo: “Vamos a operar primero el izquierdo, que es el más afectado. Y más adelante operamos el otro”.

Yo no le tenía ni le tengo miedo a las operaciones: antes de esa, había visitado quirófanos por adenoides, la fractura de cúbito y radio de mi brazo izquierdo, fractura de mandíbula y hasta una uña muy encarnada, entre otras cuestiones que fueron solucionadas.

Con esa abundante historia clínica, una mañana de mayo de 2008 me interné para entrar una vez más a un quirófano. No recuerdo o no pregunté cuánto duró la operación. Pero jamás me voy olvidar del mareo incontenible que sentí cuando desperté de la anestesia y con el que conviví esos dos o tres días en la clínica. Ese mismo mareo que me llevé a mi casa y que me persiguió durante un mes y medio.

La permanencia del mareo me empezó a hacer sospechar que algo no estaba saliendo como me habían dicho ni como había leído en publicaciones de Internet. En teoría, dos semanas alcanzaban para que cualquiera pudiera volver a hacer vida normal. Pero pasadas las dos semanas, mi cabeza seguía dando vueltas, y pasaba más tiempo acostado que parado, sin salir casi de mi casa. Y, con todo el dolor del alma, sin casi poder levantar a Valentina, que ya era una beba de casi 5 meses.

Eso no era todo: a medida que se acercaba la supuesta hora del alta, sentía que mi oído izquierdo, que inmediatamente después de la operación había mostrado signos de progreso, se tapaba. El médico, con algo de desconcierto pero todavía con optimismo, me dio gotas que supuestamente me ayudarían a mejorar y que Natalia, con el amor con el que siempre hizo cosas por mí, me colocaba con la frecuencia y en la forma indicadas.

A la última consulta antes de la supuesta alta médica llegué solo. Y entré al consultorio con la esperanza de que el oído se me destapara allí. O que el médico me dijera que debía seguir un tiempo más con las gotas para terminar de solucionar el tema. Pero mientras me revisaba el oído izquierdo escuché que de su boca salía, con volumen bajo y tono resignado, la frase: “Hay cosas que solo Dios maneja”.

Mi recuerdo posterior es el de mi papá, Natalia con Valentina en brazos, mi hermana y yo en el consultorio, pidiéndole explicaciones al médico, que decía cosas como “estoy mal, a Adrián lo conozco de chico”, “hice más de dos mil operaciones de este tipo y todas salieron bien”, “me ofrezco a operarlo gratis para tratar de corregirlo”. Para mí lo único que estaba claro es que había caído en el 2% de los que quedan peor después de esta operación. Mi oído izquierdo ya no volvería a escuchar. Y, más allá de cualquier hipótesis sobre las causas del fracaso quirúrgico, para mí lo más importante era conservar mi otro oído, también disminuido.

Los meses posteriores fueron complicados. Volví a trabajar, tratando de llevar lo mejor posible la situación. Pero, aunque no quería asumirlo, hacía un gran esfuerzo por comunicarme con mis compañeros de trabajo y con los que me rodeaban, con medio oído en total. Una mañana empecé a sentir que me bajaba la presión y que un sudor frío me transitaba la espalda. Estrés, me dijo el médico clínico después de hacerme el electrocardiograma de rigor y no ver ningún problema ahí, salvo algo de taquicardia.

Eso me llevó a ver a una fonoaudióloga (mi fonoaudióloga, Alicia, desde entonces) para usar un audífono en mi oído derecho. Una tarde de septiembre de ese 2008, mientras trabajaba en el diario, me sonó el celular y era ella. “Llegó tu audífono”, me dijo, “vení a buscarlo”.

Fui lo más rápido que pude. Y cuando volví al diario me di cuenta de que nunca había escuchado bien en mi vida. A pesar de la falta de sensibilidad en mi oído izquierdo, con el audífono en el otro escuché la rotativa, ubicada al lado de la redacción, con un volumen que no sabía que tenía. Percibí el golpeteo en los teclados de mis compañeros como nunca antes. Y hasta mi voz escuchaba más clara y más fuerte, además obviamente de las voces de mis compañeros de trabajo.

Ya pasaron casi 10 años desde ese momento. En este tiempo cambié dos veces de audífono, aprovechando los adelantos tecnológicos que hacen cada vez más chiquitos y mejores a estos aparatos. Tuve otro hijo, Maximiliano, que hoy tiene casi 6 años; cambié de trabajo, empecé otros y, aun con las situaciones amargas y tristes de la vida que siempre existen, como la muerte de mi papá, tuve una vida mejor en algunos aspectos que la que había tenido antes.

Ahora estoy más convencido que nunca de que es necesario salir a buscar el mensaje oculto en las cosas que nos marcan. Aprendí que los obstáculos están para ser superados, y que se acumulan en el espacio intangible de la experiencia. Y que cuanto más fuerte es la experiencia, mayor es el crecimiento.

En todo este tiempo, una vez por año, o año y medio, viajo a Buenos Aires para visitar a mi otorrinolaringólogo, que me hace los controles. Y de vez en cuando me hago audiometrías para conocer la evolución de la enfermedad en el otro oído. En la última consulta, hace pocas semanas, el médico me dijo que empezara a pensar en la posibilidad de un implante coclear para recuperar audición en el oído izquierdo, porque el nervio auditivo todavía sirve. Lo estoy pensando.

Aunque algunas veces siento realmente que tengo una limitación -como cuando me saco el audífono para dormir o para bañarme, cuando mi esposa me cuenta a la mañana que se levantó a la madrugada porque un perro no paraba de ladrar, cuando alguien le habla a mi oído izquierdo y no lo escucho o cuando debo procurar en reuniones de amigos, asados u otro tipo de encuentros ubicarme en algún lugar que me permita escuchar a todos- en general estoy seguro de que el problema me hizo más fuerte. Es una buena enseñanza que les puedo dejar a mis hijos, causas fundamentales de mi felicidad.

Adrián Sandler se graduó de Licenciado en Comunicación en la UBA y vive en Trelew, donde nació hace 39 años. A los 17 escribió el ensayo “Levedad o trascendencia” que forma parte del libro “20 jóvenes ensayistas del Cono Sur”, editado por Colihue. Ya graduado, fue Jefe de Redacción del diario Jornada y desempeñó también el cargo de Director General de Prensa de la Provincia. Desde hace 13 años es docente de la Universidad Nacional de la Patagonia (en Letras y en Comunicación) y en la carrera de Locutor del ISER (se dicta en un instituo adscripto en Trelew). Este año se publicó el “Diccionario de Gentilicios Chubutenses” del que es coautor con Ana Virkel y Claudia Iun. Tiene pocos amigos pero muy buenos, disfruta de leer, de jugar al básquet y de estar con su familia.

Clarín

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